jueves, 14 de agosto de 2014

Memento Mori


Todo tiene solución, menos la muerte. La muerte nos iguala a todos, a los ricos y a los pobres, a los guapos y a los feos, a los poderosos y a los humildes. Es nuestro destino seguro, al menos como sujetos encarnados. Es posible que el inconsciente no sepa nada de la muerte –como decía Freud-, que se considere eterno. Y tal vez en nada piense un hombre joven y sano menos que en la muerte –como dejó dicho Spinoza-. Pero a medida que envejecemos, la experiencia de la muerte de mascotas, familiares y amigos, se vuelve cercana e inquietante. Vamos a morir. Sin remedio. Y lo sabemos.

Sin duda esta conciencia de que vamos a morir nos constituye como humanos. Es un radical antropológico. Es dudoso que otros animales lo sepan tan claramente. De hecho somos la única especie que rinde honor a sus muertos. La muerte de un ser humano es particularmente trágica porque con cada persona fenece una interpretación original, una forma única de humanidad. Vista una gallina, vistas todas. Pero cada ser humano –como decía Únamuno- es especie única.

El instinto de supervivencia tal vez sea en nosotros el más fuerte. No nos gusta morir y la muerte nos da miedo. Algún filósofo –Fernando Savater- ha dejado escrito que toda la cultura es un vasto conjuro contra este miedo. Al fin el objetivo –expreso o inexpreso- de religiones, técnicas, ciencias o artes es salvarnos o, al menos, dejar tras de nosotros huellas que prueben que hemos vivido o trasciendan nuestra vida, preservando nuestro recuerdo.

Ansiamos la gloria. Queremos seguir siendo, aunque solo sea en la memoria de otros, como individuos y como especie. Por eso el instinto reproductivo tiene en nosotros tanta fuerza. Nuestros genes también anhelan ser inmortales. El biólogo R. Dawkins ha formulado la teoría del gen egoísta, según la cual serían los genes -y las ideas mentales, memes- los verdaderos agentes de la evolución biológica y cultural. Los genes y los memes simplemente nos utilizan para perpetuarse, como si fuésemos artefactos suyos.

Epicuro de Samos, un filósofo hedonista del fin de la época clásica, fallecido en Atenas hacia el 270 a. C., afirmó que el temor a la muerte, más que la muerte misma, es lo que nos fastidia e impide que seamos felices, porque la muerte es nada. Cuando yo soy, ella no es, y cuando ella es, yo ya no soy, decía. De modo que la muerte y yo nunca nos vemos las caras.

Las comunidades del pasado tenían más familiaridad con la muerte que las nuestras. Actualmente, es de mal gusto hablar de la muerte, y no es infrecuente que se aísle a enfermos y moribundos. Los parientes y amigos apenas tienen contacto con el que agoniza, dejando su cuerpo, sus restos mortales, en manos de profesionales, enfermeros, tanatólogos, enterradores, incineradores... Hay quien afirma que ese puritanismo respecto de la muerte, propio de la cultura contemporánea, es un síntoma de su fracaso espiritual. No deja de ser paradójico que, mediante medidas de seguridad cada vez más costosas, cirugía estética, revisiones médicas, uso de fármacos... apostemos por la belleza y eternidad de nuestro cuerpo, y sin embargo sabemos de él que, con toda seguridad, envejecerá y volverá a ser el polvo del que procede... Y apenas nos cuidamos, sin embargo, de la integridad de nuestra mente o de la perfección de nuestro espíritu, dispersos como están en mil pasatiempos...

El reconocimiento de nuestra menesterosidad esencial, de que somos seres-para-la-muerte, tiene un valor filosófico y moral indudable, pues puede servirnos para distinguir lo urgente de lo importante. No es infrecuente que quienes le han visto las orejas a ese lobo, a la Parca de la guadaña, tras una crisis o una peligrosa enfermedad, regresen a la vida apreciando más el día, el instante, la ocasión, atendiendo así más a lo verdaderamente valioso en su vida privada y pública.

El siguiente texto de Salvador Solé Soriano afronta la explicación de la muerte en un lenguaje claro y sencillo, que tiene en cuenta los saberes probados, pero deja abierta la puerta a su misterio…


       LA MUERTE EXPLICADA A LOS NIÑOS

 Las personas mayores casi nunca hablan de la muerte a los niños. Si vosotros no preguntáis, ellas prefieren no decir nada porque:
Piensan que no entenderéis la respuesta.
Porque no tienen una explicación clara.
Porque es un tema muy triste.
Además, en todo este asunto hay una discusión gordísima. Muchas personas dicen que cuando te mueres es como cuando se seca un charco; el agua no ha desaparecido, sino que se ha evaporado (estudiad la evaporación); el agua se ha convertido en el gas del cual están hechas las nubes. El barro seco que queda en el suelo sería como el cuerpo muerto, pero al cielo subiría algo invisible que sigue vivo, algo que eres tú y que no puede morir. Lo llaman “alma” y todas las personas religiosas creen en la existencia del alma. Pero como el alma no se puede ver, oír, oler, tocar ni detectar con ningún aparato, no es posible demostrar que exista. Y por eso, otras muchas personas piensan que no tenemos alma y que, cuanto te mueres, te has muerto y se acabó. Como tampoco se puede demostrar que el alma no existe, la cosa sigue siendo un misterio. Las religiones juran que tu alma sigue viviendo en el cielo o algún sitio así. Pero creértelo es algo que te pasa o no te pasa.
Luego está lo de la pena: Que se muera tu hámster es muy triste pero imagínate, si puedes, que se muera tu madre o tu hijo… Aunque no sabemos qué pasa después de la muerte, lo que sí que sabemos es que cada planta, hongo, animal y persona se morirá, sea por accidente, por enfermedad o de viejo. No hay ninguna medicina para no morirse, solo para morirse un poco más tarde. Y aun con las mejores medicinas, casi nadie vive hasta los cien años.
Cualquiera puede entender que si tienes un accidente de coche y te quedas sin cabeza, no hay nada que hacer, pero ¿Por qué nos morimos de viejos? Para esa pregunta hay una respuesta con dos partes; una fácil y otra bastante complicada;
1. La parte fácil; Aunque el mundo es muy grande, si nada ni nadie se muriese, con el paso del tiempo no quedaría sitio ni comida. En la naturaleza, todo lo que se muere se pudre y se mezcla con la tierra o el agua. Y de la tierra y el agua se alimentan las plantas y las algas que sirven de comida a todo lo demás.
2. La parte complicada; Todo lo que está vivo se vuelve mejor gracias a los genes. Los genes son microscópicos y los tenemos dentro del cuerpo. En ellos suceden unos cambios -buenos y malos- que ocurren por casualidad; los cambios buenos se pasan a los hijos (antes de que nazcan, dentro de la barriga de la madre), mientras que los malos se acaban transmitiendo menos o no se llegan a transmitir. Os pongo un ejemplo; si a un leopardo le sucede un cambio genético que lo hace más fuerte, será mejor cazador y las leopardas querrán ser sus novias y por eso tendrá muchos hijos. Sus hijos e hijas llevarán, en los genes, ese cambio del padre y así, al cabo de muchos años, todos los leopardos y las leopardas serán mejores cazadores. Pero si un leopardo sufre un cambio genético que lo hace pitar al respirar, las cebras lo oirán de lejos y le será difícil cazar; pasará mucha hambre y no habrá leoparda que quiera tener hijos con él. Así, solo los cambios buenos acaban transmitiéndose entre cada tipo de ser vivo, sea leopardo, pájaro o árbol. Pero para eso es necesario que nazcan nuevos seres con cambios genéticos y, para que los seres nuevos quepan en el mundo, se han de morir los viejos. De esta manera, el mundo está siempre lleno de seres vivos y éstos cada vez van siendo un poquito mejores; jirafas con cuellos más largos que pueden llegar a comer hojas más altas, búhos que ven mejor de noche para atrapar ratones, árboles con corteza más gruesa para resistir los incendios… Y personas cada vez más listas y capaces, incluso, de construir naves espaciales que van a Marte.
Pero, para que todas esas cosas buenas pasen, hace falta que cada ser vivo se muera. Es importante entender que, aunque ningún conejo vive más de dieciocho años, la tribu de los conejos - lo que se llama la “especie” de los conejos - existe desde hace millones de años. Las especies también pueden “morir” (extinguirse) por accidente, como los dinosaurios por culpa del meteorito, aunque lo normal es que vayan cambiando a causa de esos pequeños cambios genéticos que pasan por casualidad y se transmiten de padres a hijos. Pero solo porque mueren los mayores hay sitio en el mundo para los jóvenes. Los jóvenes se harán viejos y les llegará su turno de dejar sitio. Y así siempre.
Cuando entiendes la muerte, aun si no crees en el alma, ves que no es mala. Siempre será triste que las personas queridas se mueran. Y es muy difícil aceptar que te has de morir. Pero, si consigues entenderla, sabrás que la muerte tiene sentido y es necesaria. A lo mejor algún día verás - como a mí me pasa - que todo el asunto está lleno de belleza; una belleza rara, pero muy grande. 
Salva Solé  25-7-2014.


EJERCICIOS


1. Busque información sobre el tetrafarmakon de Epicuro de Samos. 
2. ¿Quiénes eran las parcas?
3. Desarrolle la teoría del Gen Egoísta de R. Dawkins y su concepto de meme.
4. Comente la frase de la liturgia cristiana de cuaresma, “polvo eres y en polvo te habrás de convertir”.
5. Estudie la discusión sobre la inmortalidad del alma que relata Platón en su diálogo Fedón. ¿Cuáles son los principales argumentos a favor y en contra de la misma?
6. ¿Qué pensaban los pitagóricos antiguos de la psique?
7. Comente el texto de Salva Solé. Cuáles son sus principales ideas. ¿Está de acuerdo con ellas?

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola.

En primer lugar, felicidades por su interesante blog. Le escribía para preguntarle por la ilustración del búho que ilustra esta entrada. Estaría muy interesado en conocer su origen y en saber si sería posible conseguir una copia de mayor tamaño y resolución.

Muchas gracias por anticipado y un cordial saludo.

José Biedma dijo...

Perdona, Anónimo, por no haber contestado antes a tu comentario. El grabado lo encontré en la Red, probablemente en Pinterest. Lamento no poder darte más información. Gracias por tu atención.