martes, 11 de julio de 2023

ABSTRACCIONES Y COMPLEJIDADES

Botón de lantana y ninfa de chinche, 26 septiembre 2010


“Abstracción” es palabra que viene de otra griega, como la mayoría de las que tienen que ver con la lógica y la investigación científica. Aphaíresis significa restar, sustraer. Como decía el Sabio de Marmolejo Pepe Moral Torralbo (víctima del Covid): “para abstraer, para generalizar, hay que saber olvidar”. Olvidar las características diferenciales de cada elemento de un conjunto, olvidar los matices, esos detalles diversos en los que suele cocerse tanto lo diabólico como lo divino y que hacen que, como decía Unamuno, cualquiera de nosotros sea “especie única”.

Sin embargo, ese olvido de los complementos y pormenores es necesario, porque nos permite hablar de ovejas y rebaños, sistemas y capitales, punto y recta, círculo y pentágono, vida y muerte, sociedades, materia, estructura, libertad, igualdad, justicia, etc. Abstraer es un acto inverso de esa suma que producen la sensibilidad y su hermana mayor la intuición. Nos alejamos de los árboles concretos para ver el bosque, la imagen abstracta del bosque menos rica en detalles que la del árbol que vemos nos permite recogerlos a todos los árboles, matorrales y animales que por allí habitan, en un nombre, en una idea: “selva”, “bosque”.

No es posible razonar sin abstraer; creemos que por crear esas unidades intelectuales útiles que son los conceptos, a los que damos nombres comunes, acertamos, y entonces, sin darnos cuenta, caemos en generalizaciones arbitrarias, como “todos los políticos son corruptos”, “los machos son violentos”, “las mujeres, chismosas”, “los catalanes, rácanos”, “los irlandeses, borrachos”, etc. Muchos dichos populares y refranes son generalizaciones, abstracciones que admiten millones de excepciones. “La excepción confirma la regla”, decimos, haciendo buena la mala traducción de exceptio probat regulam que significó “la excepción pone a prueba la regla”, o sea: que si hay excepción hay que buscar una regla mejor.

Muchos decires o paremios populares cuentan con sus contrarios y hasta con sus contradictorios. Decimos “vaca grande, ande o no ande”, pero también que “el perfume más caro se vende en tarro pequeño” o que “la sardina es más fina cuanto más chica”. El adagio “A quien madruga, Dios le ayuda” nos pide diligencia; mas “No por mucho madrugar amanece más temprano” nos exige parsimonia. Todos vivimos en la contradicción y la contradicción anida en cualquier mentalidad, sea de “derechas” o de “izquierdas”, simple o sofisticada.

El “sentido común” se nutre de estos tópicos que usamos como premisas para la argumentación persuasiva: “vale más pájaro en mano, que ciento volando”, “lo malo abunda”, “lo perfecto es raro”, “cree el ladrón…”, etc., porque en general funcionan. Alertan a la inteligencia práctica y le sirven para prever y tomar decisiones suponiendo el círculo ideal de la identidad: A=A, o sea, todos los elementos de un conjunto o de una clase lógica son iguales o por lo menos muy parecidos. La pertinencia y relevancia ético-política de la generalización abstracta puede observarse en la suposición de que existe una “naturaleza humana” a la que otorgar “derechos”. Sin embargo, es un hecho que no hay dos individuos ni dos pepinos o tomates idénticos, ni siquiera son iguales dos gotas de agua si miro dentro y hondo con un microscopio adecuado, como no hay dos planetas gemelos por potentes telescopios que maneje.

La igualdad es, por supuesto, una abstracción tan necesaria como útil. Dos y dos son cuatro, no cinco. Del principio de identidad (A=A, 1=1) se puede extraer toda una logística y una matemática (aunque incompleta), pero fuera de la matemática y de la lógica, el concepto de igualdad se vuelve ambiguo o -como dice Iris Murdoch del concepto de libertad- “mestizo”. Esto no quiere decir que no debamos y podamos apostar ética y políticamente por la igualdad de oportunidades, aunque jamás serán las mismas para todos, porque son diversos los talentos con los que se nace, el medio en que se crece, y también lo serán siempre las circunstancias que enfrentemos. Para que dos entidades fuesen iguales y tuviesen las mismas oportunidades, tendrían que ocupar y transcurrir en el mismo espacio-tiempo, o sea, no serían dos individuos, sino uno solo. Incluso la identidad de uno consigo mismo es discutible; somos plurales, aunque los múltiples complejos sentimentales que nos constituyen, bajo diferentes roles sociales, estén bien gobernados y bajo la vigilancia de un Yo dominante.

Flores de Bimorphoteca, 29 abril 2010


Esta sabiduría que limita el poder de las generalizaciones y abstracciones, positivas, o negativas como “fascismo”, “capitalismo”, “comunismo”, “desigualdad”, etc., es humildad de la inteligencia, entendida no como la modestia del que habla bajito, sino como generoso respeto a la infinita complejidad de la realidad, en la que el azar y el caos también imponen su orden de diferencias cualitativas, no sólo cuantitativas, estereotípicas y formales. La diferencia entre macho y hembra, sin ir más lejos; varón y mujer, el contestado hoy “binarismo de género”... Hay diferencias heredadas y biológicas insalvables, a no ser que dejemos de ser lo que somos. “¡Y viva la diferencia entre macho y hembra!” -podríamos también celebrar y exclamar sin avergonzarnos-, porque gracias a ella nos especializamos y creamos complejidades sociales que otorgan más posibilidades que las que ofrece Naturaleza, esa madrastra (llamándola así, “madrastra”, concluye la novela de la genial y conspicua doña Emilia Pardo Bazán: La Madre Naturaleza).

Tratar igual a alumnos cuyos méritos son diferentes acaba siendo lamentablemente injusto. Los clásicos distinguen por ello entre una justicia conmutativa: “nadie es más que nadie”; y otra distributiva que exige otorgar reconocimiento a quien se esfuerza por cultivar su talento y se aplica en construir su inteligencia. Conviene distinguir a quien desempeña bien su oficio de quien se comporta como inepto o vago. Y dicho reconocimiento a la excelencia será ya un “castigo” para quienes no acrediten premio en su obrar. “Por sus obras los conoceréis”.

Hay palabras que pierden su valor y hasta su sentido por extensión de su significado…”Si abusas de una palabra, al final no significará nada” (Matt Groening). Sucedió con el término “caridad”, y mucho me temo que acabará sucediendo con los términos “solidaridad” e “igualdad”. “¡A cualquier cosa se le llama hoy X!”. Animo al lector sagaz a dotar de contenido semántico a X (forma pura) en la anterior expresión. Muy al contrario, hay otras expresiones que son directamente canceladas por prejuicios coyunturales. Como la voz “caudillo”, que ha sido sustituida por su análoga “líder” (del inglés ‘leader’, o sea, caudillo). Y es que el caudillismo (también llamado “cesarismo”, que fue lo que acabó con la República romana) no cesará porque olvidemos la palabra que lo significa.

Hay palabras que se vuelven políticamente incorrectas e impopulares como “castigo”, “autoridad”, “vigilancia” o “disciplina”… “¡Disciplina!” que es etimológicamente la excelencia del discípulo. Lo peor es que con su cancelación (woke) también arrastran al abismo del olvido lo consistente y bueno que había en sus ideas. Los niños pequeños reclaman y reclamarán, necesitan y necesitarán vigilancia: “¡Papá, vigílame!”, “¡mamá, mira lo que hago!”. La vigilancia de los padres y tutores no sólo les proporciona seguridad, sino que les hace sentirse queridos, lo que sin duda marcará el fondo de su carácter. La falta de vigilancia facilita el bulling y otras especies de crueldad infantil, porque el hombre no es un ser angelical por naturaleza como imaginó Rousseau, sino un depredador con un capacidad considerable para la violencia; el no castigar los descuidos de vigilantes y acosadores también multiplica sus desmanes. La negligencia a la hora de ejercer la obligación de vigilar por razón de gobernancia y mando, la dejación de autoridad o culpa in vigilando es un pecado frecuente en las “democracias avanzadas”, que algunos tildan de “decadentes”.

El concepto de igualdad vale tan relativamente en lo moral y en lo político, tan según y cómo, que hoy nos parece bárbara la Ley del Talión: “Ojo por ojo y diente por diente”, que estuvo sin embargo inspirada en un principio de igualdad. A la genial filósofa y novelista irlandesa Iris Murdoch, el concepto de libertad (tan difícil de conciliar en la práctica con el de igualdad) le parecía también “mestizo”, es decir, con una mitad verdadera y otra falsa. La libertad verdadera es virtud o excelencia que añade claridad a la visión, independencia de juicio y dominio del impulso egoísta, por impulso egoísta entiendo esas ganas que todos sentimos de meterle el dedo en el ojo al vecino indeseable, ganas encadenadas a apetitos elementales y pasiones díscolas, “pasiones” se llaman porque el Yo ejecutivo las padece y no las elige.

La mitad falsa de la idea de libertad –pero la más popular o vulgar- asocia la libertad a los movimientos auto-afirmativos de la voluntad egoísta y el desear caprichoso o veleidoso, antaño se la llamó “libertinaje” (otra palabra cancelada). Lo peor es que creemos –tal es nuestra ignorancia, que añadiría Spinoza- que estos movimientos del alma son autónomos, que uno “se autodetermina” libremente, simplemente por desconocer las causas que motivan sus deseos y caprichos, causas e intenciones que pueden ser perfectamente alienantes, ajenas a los verdaderos intereses y mejores fines del sujeto civil y cívico. Pueden ir desde el “egoísmo de los genes” (Dawkins) hasta la influencia y sofismas de los medios masivos de comunicación, que sirven obviamente, no al bien común, sino a los propósitos de quienes los financian y, en general, a la Internacional Publicitaria.

Del autor:

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