martes, 9 de junio de 2026

AZAR Y CAUSALIDAD

 


Llamamos acontecimientos azarosos a los hechos cuyas causas desconocemos. En este sentido, el azar habría cumplido la misma función epistemológica de “tapahuecos” que cumplió antes la idea de providencia divina. Simplemente achacamos al azar o a la inescrutable voluntad de Dios lo que sucede cuando no podemos explicar necesariamente los fenómenos, es decir, por qué sucede lo que sucede.

Ningún fenómeno ocurre “necesariamente”. No conozco más necesidad en este mundo que la necesidad lógica, y en el otro (epekeine, más allá de lo que hay o existe), la necesaria existencia del ser perfecto (ipsum esse). No obstante, me parece bien aceptar el principio de causalidad (o de razón SUFICIENTE) como principio metodológico de las ciencias fácticas.

Eugenio d’Ors supuso que el principio de razón suficiente está contenido en el principio de no contradicción o de identidad:

“En efecto, si yo, al poner los mismos <términos> en relación, afirmo que en uno de ellos se encuentra una explicación racional del otro <por ejemplo en el rayo, la explicación suficiente del trueno>, con rigor tal, que ningún elemento de la existencia del segundo escape a una justificación potencial que se halla en la significación del primero, afirmo, en el mismo acto, la equivalencia entre la realidad del primero más su potencialidad y el segundo. Me ocurrirá el inferir, por ejemplo, la caída de una manzana por la ley de gravedad. pero la ley de gravedad ya comprende, en su propio enunciado, entendido con toda la amplitud que hace de ella una ley general de la mecánica, el caso particular representado por la caída de esta manzana, como la de todas las manzanas posibles."

Claro que la ley de la gravedad no comprende todas las causas que determinan la caída de la manzana. Estaría por ejemplo el grado de madurez de la misma. Bien, la botánica podría predecir tal cosa, con un grado aceptable de PROBABILIDAD. Omito aquí explicar que con respecto a los hechos Hume probó con argumentos incontrovertibles que nunca son necesarios; esto es, que siempre podría suceder lo contrario de lo que ha venido sucediendo: que nazca un mirlo blanco o una rana con dos cabezas puede ser increíble, pero nunca imposible. Sin embargo, por mucho que yo acorrale al acontecimiento con explicaciones causales (convencionales), la razones suficientes siempre serán --por decirlo así-- “insuficientes”.., la exigencia intelectual de orden, implícita tanto en los principios lógicos como en el de causalidad o razón suficiente, interviene también aquí:

“Interviene para hacernos preferir, entre las varias explicaciones causales posibles, aquella que presenta en más alto grado y en proporción más perceptible ciertas condiciones logicas, estéticas y hasta éticas, extrañas en sí mismas a la racionalidad; pero que a la racionalidad sirven, permitiéndole acercarse a lo objetivo.”

La ciencia se logra mediante una arquitectura intelectual (esqueleto), encadenando un repertorio de “razones suficientes PREFERIDAS”, dicha estructura está revestida con aditamentos meramente plausibles (carne y sangre de la ciencia), ingeniados ad hoc, con cuyo ligero engaño transigiremos fácilmente si no son demasiado contradictorias con los hechos experimentales, aceptándose en esto como criterio de verdad cierto consenso entre la comunidad científica, no exento a veces de un saludable disenso que es garantía de progreso de la ciencia.

De hecho, el Principio de razón suficiente (inventado por Leibniz para otorgar estatuto científico a las grandes invenciones del Renacimiento, consideradas por el intelectualismo como una “prole bastarda”) permite la invención y la hipótesis, esto es, la creatividad imaginativa del investigador.

En cualquier caso, y puesto que entre la causa y el efecto no es posible reconocer una “conexión necesaria” sin recurrir a “sustancias no empíricas” (incluida la materia entre éstas), sino sólo una CONJUNCIÓN CONSTANTE, las explicaciones de las ciencias naturales no pueden alcanzar jamás la seguridad necesaria de las demostraciones matemáticas o lógicas.

Son subjetivamente más o menos plausibles y objetivamente más o menos probables, porque se refieren a hechos, esto es, a existencias contingentes en un universo en el que las mismas leyes que explican las relaciones causales entre fenómenos parecen estar sometidas a cambio, evolución y AZAR.

A este respecto, la propia teoría general de la evolución integrada con la genética mendeliana hace del azar (como recombinación genética) un mecanismo de evolución, cuando se producen mutaciones beneficiosas que perduran en la lucha por la vida de las especies...

Esto podría querer decir (llevo tiempo dándole vueltas a este parangón entre el PRS y determinados conceptos lógicos) que la relación supuesta en el principio de razón suficiente no es de pura equivalencia, ni siquiera de implicación estricta (Lewis), sino más bien de condicionalidad material entre fenómenos: X --> Y. O sea, que la gravitación explique suficientemente la caída de la manzana no quiere decir ni que la manzana no pueda caer por otras causas, ni que la fuerza de la gravedad sea necesariamente verdadera.

IDENTIDAD Y DIFERENCIA

 

Abejas carpinteras, foto JBL

La mente, tal vez la vida; la vida, tal vez el universo, tengan una rara y hasta inusual propensión al orden. Por mucho desorden que suponga la dinámica térmica y por mucha dispersión que imponga su entropía, es un hecho que estamos vivos y que la vida se ordena en nosotros en la forma inédita de una singolaridad orgánica y en otra figura aún más soprendente, la de la autoconciencia. 

La categoría de orden no tiene carácter exclusivamente racional, sino que es también y simultáneamente cuestión de ética y estética. La misma razón pura, razón vacía de contenido empírico, a la que también podemos llamar "razón lógica", tiene una fuente “impura”, facultativa, potencial: nace de la idea de orden, del esfuerzo inercial por el orden.

 Para nosotros mismos la apariencia tiene una forma que Kant identificó con el espacio-tiempo y relacionó con la estructura de la imaginación. Espacio y tiempo..., fue Leibniz quien determinó el ser del tiempo como orden de la sucesión y el ser del espacio como orden de la coexistencia. Orden en fin que es también condición expresiva de la inteligibilidad del ser.

 Escribe Eugenio d’Ors: 

«Es imposible conocer el Orden sin, a la vez, sentirlo como belleza. Es imposible conocer el Orden sin, a la vez, apreciarlo como un Bien. Diríamos, con más propiedad que, en rigor, es imposible conocer el Orden... La realidad aquí no es propiamente conocida, sino pensada; es decir, creada. La actividad sigue siendo la garantía de la verdad. Los términos del juicio están hechos, como quien dice, de igual substancia que su cópula» (1)..

 Es increíble, ¿verdad?, lo bien que funciona el cerebro de muchos locos, porten o no galones, insignias o tiaras. Es sorprendente cómo todas las impresiones e ideas se ordenan a partir de un sólo principio en el caso de los maníacos orates, de los obsesos paranoides. Falla en ellos la objetividad -me diréis-, la adecuación referencial, pero ¿dónde está la frontera entre la clarividencia y la locura? Incluso la locura es cuestión de orden, a veces, es consecuencia de un exceso de orden, de una malsana voluntad por dominar y ordenarlo todo...

          -Maestro, ¿qué es el “volapuk”?

          -Mi querido saltamontes, el “volapuk” es la lengua universal.

          -¿Y quién lo habla, maestro?

          -Nadie.

 El “volapuk” es como el principio “fuerte” de identidad (P<=>P) o como el principio de no contradicción ¬ (P & ¬P). Ambos son la norma universal de todo pensar y de todo decir, las reglas generales de la razón. Sólo que nadie está tan loco como para ajustarse en la práctica (o en la práctica teórica) a ellas.

 Todo pensamiento práctico --no digamos el pensamiento místico tan amigo del oxímoron-- se organiza según una fórmula menos rigurosa que la del principio de identidad o de no contradicción. Ante el tribunal de la inteligencia (que no es sólo razón, sino también imaginación y acción... y hasta sentido del ritmo -sentido del orden, en fin-), la verdad es que el pensamiento debe acogerse a mil variedades de operación mental no susceptibles de encajar en el estrecho lecho de Procusto de la lógica pura.

 Estoy de acuerdo con d’Ors en que debemos al “idealismo objetivo” de Shelling y Hegel, en nuestra tradición europea, el desarrollo de un pensamiento sistemático organizado con independencia del principio de no-contradicción (al que algunos, incluido el propio don Eugenio, llaman, nunca he sabido por qué, “principio de contradicción”).

 Hegel criticó el principio de no-contradicción en su fórmula ontológica de principio de identidad “A=A”, cifra y fundamento de todo razonamiento deductivo o de toda mecánica analítica. Eugenio d’Ors sintetiza admirablemente su demostracción:

 Interpretemos la fórmula. Digamos, por ejemplo, “una rosa es una rosa”. Si reflexionamos un poco sobre dicha proposición, en seguida repararemos en que aquí no hay un pensamiento (ni una acción informativa o comunicativa). Lo que hay es una tautología, un “truismo” o una verdad de Perogrullo, o sea, una tontería. Pero pasemos ahora al extremo contrario -ese que reivindican algunos como novedoso objeto de la novedosa y revolucionaria “parafísica”-. Supongamos una proposición en que se representa una diferencia del tipo “¬ (A = B)”, por ejemplo, “una rosa no es un piano” o incluso “esta rosa no es aquella rosa” (¬ (x = y)):   Así como aquella proposición no era un pensamiento todavía, ésta ya no es un pensamiento. Es una impertinencia, una irrelevancia, una tontería también.

 En conclusión: mientras no exista entre los dos términos relacionados una base de identidad, a partir de la cual se establezca la diferencia, no hay pensamiento.

 Todo pensamiento real, es decir, todo conocimiento, está situado entre estos dos límites extremos. Todo aserto consistente contiene en su fórmula, a la vez, la identidad (1) y la diferencia (0), suponiendo siempre, ya una base de diferencia sobre la que se afirma la identidad, ya una base de identidad sobre la que se afirma la diferencia. Por eso la comparación (por mucho que el pueblo la llame “odiosa”), resulta el instrumento imprescindible de la comprensión. Porque toda proposición informativa corresponde a un acto intelectual subjetivo o a un cambio creativo en el dinamismo de la realidad. La posición de un electrón es relativa a su conocimiento. El universo también tiene historia. Los términos sólo viven por la fuerza de la cópula cuyo contenido comprensivo es nada, cuyo contenido extensivo es todo.




 El pensamiento se construye entre aquellos dos absolutos de la tautología y la contradicción, de la identidad y la diferencia, del dogmatismo y el nihilismo. Cada vez que juzgamos reconocemos el bien y el ser y a la vez reconocemos que el mal, el hueco, la nada, ya estaban ahí, en el propio sentido del lenguaje que habitamos, antes de que nosotros pensásemos o dijésemos algo.

 No podemos ir más allá, no podemos por ejemplo, como pretendería la “parafísica”, si no la he entendido mal, decir que la Identidad es diferente de la Diferencia; ni podemos decir como pretendió Hegel: que la Diferencia y la Identidad son idénticas, pagando el precio de disolver la mutua interdependencia de ambas categorías metalógicas a favor de una instancia totalitaria superior a ambas (y que además se confunde en el mismo nivel de lenguaje con las primeras: en todo caso, en ese otro nivel de lenguaje, la identidad y la diferencia serían Idénticas y no Idénticas...).

 El pluralismo radical, que niega la identidad en la diferencia, acaba dando al traste con la inteligibilidad de lo real, tendría por tanto que callar y limitarse a contemplar la singularidad irreductible a especie, tendría que inventar un nombre para cada cosa, cada cosa que ni siquiera es cosa, porque se esfuma su identidad en cuanto la nombramos.

 Pero el panlogismo de la identidad también destruye la posibilidad de la ciencia y del pensamiento, al desconocer lo otro que la razón (la figuración: la imaginación y la acción) en el mismo acto de entender. El panlogismo de la identidad absoluta tendría que callar porque sólo tiene un nombre, sólo un concepto, y no hay juicio significativo con un solo término, no hay música posible con un instrumento que suene siempre la misma nota, como aquella trompeta rusa.

 Hay por tanto que limitarse a reconocer la imposible disyunción en absoluto de la identidad y la diferencia, pues en lo intelectual, como en lo moral, la verdad, como el bien y la belleza, no podrán, no podrían existir sin un coeficiente relativo de contradicción interna. Belleza, bien y verdad sólo se nos ofrecen en grados (2).

Notas

(1) En El secreto de la Filosofía, tecnos, 1998, pg. 217.

(2) Sobre este asunto puede también verse mi artículo: “Dialéctica de la plenitud”, Revista de Filosofía, Univ. Complutense, nº 24 (2000).


viernes, 3 de abril de 2026

JUAN DE VALDÉS. NICODEMISMO, ALUMBRADISMO Y FILOLOGÍA ESPAÑOLA


Nicodemo, al fondo, en el conjunto de Palma Burgos (Santo Entierro, Úbeda)

Λάθε  βιώσας
Epicuro, Fr. 551 Us.


           Igual que José de Arimatea, el fariseo Nicodemo sólo aparece en el Evangelio de San Juan. Es uno de los “santos varones”, un discípulo oculto de Jesús, un espíritu noblemente atormentado por el ansia de verdad y restauración espiritual de su pueblo. Fiel a sus compromisos sociales y vinculado al ejercicio responsable del poder, Nicodemo busca el misterio revelado por Jesús en el secreto de la noche.

           Jesús le acoge en una noche de encantada serenidad... Luego, Nicodemo desaparece de la historia. Puede que el árido racionalismo se rebelara contra los confiados misterios que el joven galileo le confió en el silencio de aquella extraordinaria noche... El evangelista cuenta lo que Nicodemo hizo aquel terrible día en que volvió a ver a Jesús crucificado. Entonces, el fariseo se acordó de la profecía: “Como Moisés elevó en el desierto la serpiente, también es necesario que sea elevado el Hijo del hombre a fin de que quien crea en Él no perezca, sino que goce de la vida eterna”... Se le vio subir jadeante al Calvario, con cien libras de aromas para embalsamar y perfumar el cadáver de su salvador.

martes, 24 de junio de 2025

FÍSICA, COSMOLOGÍA Y CONCIENCIA

Paola Zizzi, profesora de física teórica de la universidad de Pavía (Italia)

Física digital

La física digital u ontología digital o filosofía digital parte de la premisa de que el universo es descriptible fundamentalmente como información. Eugenio D'Ors ya habló del universo como sintaxis, pero, evidentemente, pues hay en él autoconciencia, hemos de suponerle también algún sentido, es decir, una semántica, aunque nos resulte perfectamente desconocida. 

domingo, 6 de abril de 2025

D'ORS Y EL PRINCIPIO DE RAZÓN SUFICIENTE

 

Muscari silvestre, "Moritos" (finales de marzo 2025)

Eugenio D'Ors juzga insuficiente el Principio de Razón Suficiente. Cree, además, que es redundante porque ya está contenido en el principio de identidad (A = A y ¬ (A & ¬A)), pues cualquier juicio veritativo-funcional sobre hechos del mundo siempre involucra una razón que vincula los términos sujeto y atributo (o predicado). En efecto, cuando afirmo que el calor dilato los cuerpos afirmo la equivalencia entre el significado de "calor" más su potencialidad con el predicado "dilata los cuerpos" o "es un agente de dilatación de los cuerpos).

jueves, 6 de marzo de 2025

LA TEODICEA MORAL DE KANT

 

Papel, rotulador y acuarelas, Fabio y JBL, 2025

"Dos cosas colman el ánimo con una admiración 
y una veneración siempre renovadas y crecientes, 
cuanto más frecuente y sostenidamente reflexionamos sobre ellas; 
el cielo estrellado en mí y la ley moral dentro de mí"

Kant. Crítica de la razón práctica, 1788

La expresión "Filosofía de la religión" no la usó el mismo Kant, que usó la expresión Philosophishe Religionslehere (Doctrina religiosa filosófica), pero fueron discípulos suyos  quienes la popularizaron académicamente en los últimos años del siglo XVIII. Hegel impondría dicho título definitivamente. 

viernes, 21 de febrero de 2025

EL GUSTO ESTÉTICO

 


(Reflexión sobre el "I like")

"Para gusto los colores" -dice la gente- y "sobre gustos no hay nada escrito". Lo primero es admisible porque no hay argumentos definitivos para probarle a alguien que el verde es mejor que el amarillo porque relaja, tal vez quien prefiere el amarillo no desee tanto relajarse, sino excitarse. Pero lo segundo, que sobre los gustos no se ha reflexionado ni escrito último es falso. Los filósofos, los poetas, los escritores -como Pío Baroja- han escrito mucho y bueno sobre el mal y el buen gusto. Y a los antropólogos, etnógrafos y sociólogos les interesa la diversidad de gustos de los distintos pueblos, de las diferentes culturas y unidades sociales, y descubren en sus gustos patrones, intenciones, voluntades de representación simbólica. También los psicólogos han escrito sobre gustos, sus tendencias y modas...