domingo, 11 de septiembre de 2016

METAFÍSICA IRÓNICA




Filosofía primera

Hace ya siglos que la Metafísica es sospechosa. Mas el hombre es un animal metafísico. ¡Y no digamos las personas!

Los catorce libros de la Metafísica de Aristóteles contienen una reflexión de segundo orden y de máxima generalidad sobre la realidad natural. Son unas lecciones que Aristóteles dictó después de las de Física o más allá de la naturaleza (metà physiké). Son apuntes tomados de oído (acusmáticos) por los estudiantes del Liceo: catorce rollos de papiro independientes entre sí que se ocupan de temas filosóficos muy generales.

A esta “ciencia del ser en cuanto tal” Aristóteles no la llamó “metafísica”, sino Filosofía Primera o Ciencia del ser en cuanto ser. Pero el undécimo director del Liceo, Andrónico de Rodas, cuando editó las obras del maestro, unos doscientos años después de la muerte del Estagirita (I a. C), les puso a esos escritos el nombre de Meta-física, con el cual se han seguido reeditando hasta nuestra época.

Esto no quiere decir que los autores anteriores a Aristóteles no se ocupasen de asuntos de tal naturaleza sumamente abstracta. De hecho, hay quien atribuye a Platón la génesis de la metafísica al apuntar en su obra República a un principio “más allá de lo que existe”, un principio indeterminable, y al que llama Idea del Bien.

Entre los filósofos presocráticos, el Ser de Parménides, el Logos (Razón) de Heráclito o el Noûs (Entendimiento) de Anaxágoras pueden ser también considerados principios metafísicos, aunque sus autores no los considerasen como trascendentes a la naturaleza, anteriores o por encima de lo real natural, sino lo más poderoso en la naturaleza o la causa del ordenamiento de los eventos naturales. Causas, pero también fines, aunque la consideración teleológica, finalista, de los arcanos de la realidad será más bien labor de la filosofía clásica (de esa “segunda navegación” que inaugura el pensamiento socrático-platónico).

Los racionalistas cultivaron la metafísica. Descartes no dejó de considerarla tronco de las ciencias. Leibniz nos legó una metafísica optimista. Poco después, el empirista Hume criticó duramente los objetos tradicionales de la metafísica escolástica y racionalista: la idea del Yo, del mundo, de la cosa en sí, o de Dios. Y Kant afirmó, en su Crítica de la Razón pura, que la metafísica, imprescindible en la práctica ética, es sin embargo imposible como ciencia, pues sus objetos (libertad, dios, mundo) son puras condiciones ideales de la experiencia, posibles lógicos de los que, sin embargo, no cabe experiencia alguna.

Desde Kant, la metafísica ha sido puesta bajo sospecha hasta casi ser identificada con un gran mito o con un género de la literatura fantástica. Pero en sus libros de Metafísica, Aristóteles no nos habla de brujas ni de diosas, ni de héroes legendarios o enormes lagartos alados, sino de las primeras causas, de la materia, de la sustancia y sus atributos, de la forma, los fines, las ideas… Y entendida como visión de conjunto (sinopsis) o idea general de lo real, el mundo, el hombre, el sentido de la vida, el origen y el final, el bien y el mal, la posibilidad de la verdad…, la metafísica –como apuntó Kant- no desaparecerá nunca mientras existan hombres, aunque desaparezcan el resto de las ciencias, destruidas por una nueva barbarie (la barbarie también progresa y se renueva). Después de Kant, Schopenhauer por su parte definió al humano como “animal metafísico”.

Por debajo de todo discurso subyace siempre, aun no explícita, una noción de realidad, de fin, de verdad, de existencia, de justicia, de belleza, de libertad, de la persona…, y del resto de conceptos que la tradición metafísica llamó ideas trascendentales o entes trascendentes. Negar que haya una realidad permanente o afirmar que todo es mentira (o que nada es verdad) no dejan de ser posiciones y actitudes metafísicas, propias del pesimismo metafísico que se le llama nihilismo, una tendencia bastante común en el Occidente actual, una “sugestión de la decadencia” -como diría Nietzsche. Pero porque “profese” el nihilismo, nuestra época no es menos metafísica que otras. Su metafísica, su fe, es precisamente ese nihilismo que mucha gente, entre los cuales cuentan afamados filósofos, admiten o asumen sin reflexión crítica: creen que no hay nada que buscar por debajo o por encima de las apariencias y entidades efímeras.

Los postmodernistas han rechazado la posibilidad de sentido bajo la interpretación del ocaso de los metarrelatos. Llaman así, grandes relatos o cuentos de cuentos, a los tradicionales  “mitos metafísicos”, tales como el de que la historia es una proceso de salvación (cristianismo) o un progreso hacia una utopía histórica (mito racionalista ilustrado), democrática o comunista.

Aunque la consideración del devenir histórico como un historia de salvación o de emancipación del género humano hacia un final feliz, trascendente y eterno, o temporal y él mismo histórico, es problemática, es dudoso que toda alma renuncie a soñar con su salvación, incluso si esta se concibe como puro no ser o mero descanso eterno, o que la juventud del mundo se instale definitivamente en un hedonismo estéril, en un “come, bebe y …, que el mundo se acaba”. Aun si la metafísica es una expresión abstracta del animismo primitivo, tendríamos que considerar que la actitud metafísica enraíza –como explica Malinowsky- en el hecho emotivo más profundo de la naturaleza humana, esto es, en el deseo de vivir. Todo vitalismo –incluido el de Nietzsche- ha de ser por fuerza metafísico.

En cualquier caso, la metafísica no es sólo un género literario. Las personas pueden asumir una cosmovisión relativamente coherente, tener principios, otorgar un sentido a su destino en el universo, sin que hayan leído o escrito una sola palabra sobre ello. En realidad, la especialización filosófica, aun el doctorado en filosofía, no garantiza una buena metafísica

Una metafísica crítica

¿Qué entendemos por una buena metafísica? En mi opinión, una buena metafísica es una visión general bien adaptada a la realidad social, mundana, y al saber probado o consensuado por los sabios (ciencia), de la que se siguen consecuencias prácticas constructivas y útiles para la humanidad. Una buena metafísica debe tolerar nuevos modos de “salvación” tanto públicos (políticos) como privados (mores), pero no por ello ha de renunciar a ser una metafísica crítica, por ejemplo respecto al consumismo, el culto al cuerpo, la idolatría de los famosos o de los astros del fútbol, etc.

Como sostenía el recién fallecido Gustavo Bueno, la Filosofía (Metafísica en su médula) es un saber de segundo orden, un saber que resulta del entrelazamiento relativamente coherente de todos los saberes (una symploké), y, sobre todo, la Filosofía Primera tiene que ser un “saber qué hacer con el saber” (ese que buscaba Sócrates en el Cármides). Kant mismo, que negó la posibilidad de la metafísica como ciencia pues sus “objetos” no son objetos, sino ideas, desarrolló una metafísica de las costumbres y estableció el “primado de la razón práctica”, pues la tecno-ciencia sin metafísica humanista era para él “mera lentejuela miserable”. El hombre no es sólo un fenónemo de la naturaleza, sino un ser inteligente e inteligible, y un buscador de inteligibilidad y sentido.

Como el hombre tiene aptitudes para ampliar indefinidamente los fines que le son naturales, la Metafísica jamás podrá ser clausurada; así que por muy dogmático que se pretenda, cualquier sistema metafísico nace y acaba en la ironía. Además, una metafísica reflexiva será obligatoriamente una metafísica crítica, dado que preguntándose en primer lugar por los fines (areté, virtud, excelencia), uno acabará por reconocer que estos son infinitos y, por consiguiente, indeterminables.

J. L. Borges con 21 años

La ironía metafísica de Jorge Luis Borges

Este es el caso de la ironía metafísica de J. L. Borges (1899-1986), explicitada magistralmente por Fernando Savater[1].

¿Qué es la ironía metafísica? Para empezar, la visión del mundo de Borges se alimenta de una imaginación que se asombra ante lo cotidiano y cree en la realidad de lo asombroso. Sus grandes temas: la intimidad de la urbe, los misterios de la memoria, la perplejidad de la muerte, el fractal infinito del espejo de otro espejo, el enigma del tiempo… Todo ello condensado en una prosa minuciosa, que abrevia y detalla a la vez, que alude y alegoriza.

La literatura de Borges tiene ya, de entrada, esa característica que asignamos a la filosofía primera de ser meta-física, o sea, de ser posterior a otros saberes y erigirse sobre ellos. En este caso, esos saberes lo mismo pueden ser hagiografías de santos que viejas epopeyas de héroes legendarios o biografías de eruditos tenaces, ideales o inventadas. Pueden ser también saberes imaginarios. De otro modo, la obra de Borges posee caracteres de palimpsesto, de texto que se construye sobre los trazos borrosos de otro texto más antiguo escrito en pergamino.

No se trata de una metafísica moralista, más bien subyace aquí una cosmovisión liberal, tolerante, humorista, lúdica, a veces con claros matices paródicos y satíricos. Borges propone la inteligencia como fuente de diversión, antes que como instrumento edificante, si bien, en alguno de sus momentos más celebrados, como en El hombre de la esquina rosada, exalta el coraje por el coraje, el coraje estéril.

La metafísica de Borges, como toda metafísica irónica[2], ama la aporía, la paradoja, el oxímoron, implícito hasta en el título de su colección de 1936: Historia de la eternidad. Borges explora y usa estéticamente atrevidos sistemas de ideas, recordándonos a Averroes o a Berckeley. En este comercio con lo filosófico, la reflexión sirve para causar emociones poéticas. Borges tiene la capacidad de condensar una doctrina o una biografía en unas pocas líneas. Y renueva, pero también inaugura, algunas perplejidades filosóficas.

El Borges escrito difícilmente escandaliza. Sin embargo, nos consta que el Borges personaje público disfrutó, travieso como un Diógenes cínico, soltando boutades: llamando a la democracia, por ejemplo, “abuso de la estadística”. Por esta y por otras ocurrencias, fue acusado de reaccionario. No obstante, Borges fue siempre más bien un liberal. Lo prueba el hecho de que tanto él como su familia fueron acusados y castigados por su antiperonismo. Es verdad, no obstante, que con los años –como casi todo el mundo- evolucionó hacia el conservadurismo.

En realidad, a Borges le importaba poco la política, embebido como estaba en una inmensa, inacabable biblioteca, la de la Literatura clásica universal. Su destino de lector fue por ello un destino trágico, al ser condenado por la erosión del tiempo a la ceguera. Borges no quiso nunca ser un escritor engagé. Dijo expresamente que el elogio de la literatura “comprometida” le parecía tan incongruente como elogiar la “equitación protestante”. En su libro sobre Borges[3], comenta Juan Arana: “El compromiso supremo del escritor consiste en permitir a sus obras que ejerzan su salvífica misión sin malograrlas con sus anecdóticas pretensiones”.

Los postmodernos tienen razón al denunciar continuidad entre mito y metafísica, pero ello no es motivo para considerar débil a la segunda, sino más bien un motivo para reconsiderar la fortaleza de esas historias, leyendas, parábolas, fábulas, apólogos…, que llamamos mitos, y que -como dice Salustio-, sin haber sucedido, son para siempre. Borges rehabilita venerables mitos, pero también –como Platón- inventa otros nuevos: la biblioteca que se confunde con el universo, la lotería que rige todos los incidentes vitales, la noticia enciclopédica que dota de realidad a un mundo ficticio, el soñador que descubre ser el sueño de aquel con quien sueña, el punto milagroso en que puede observarse condensada la complejidad del cosmos.

Borges es metafísico porque tanto en verso como en prosa persigue mediante palabras “esa realidad que siempre transcurre inasible y magnífica, allá donde los símbolos no alcanzan… el otro tigre, el que no está en el verso”. Como la de Sócrates o Voltaire, aspira a ser una metafísica cosmopolita. Savater insiste en ello: “Aún en los casos raros y dichosos en que no se convierten en pretexto de crímenes, todos los nacionalismos son siempre una escuela de estupidez”. Y añade que el mismo Borges refirió una vez a “ciertas vanidades raciales que todos oscuramente poseen, sobre todo los tontos y maleantes”.

La metafísica borgiana no tiene escrúpulo alguno a la hora de elevarse hacia el objeto supremo de la teología. Me refiero a Dios:

“Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.”

Sin embargo, frente al ansia de inmortalidad del alquimista, la ironía metafísica contesta con realismo:

“Y mientras cree tocar enardecido
el oro aquel que matará la muerte
Dios, que sabe de alquimia, lo convierte
en polvo, en nadie, en nada y en olvido”

A veces, Borges trata a la filosofía como pasatiempo eminente.

Y sin embargo, Borges mismo será mentado por los filósofos profesionales como motivo estimulante. Así, M. Foucault inicia su famoso libro Las palabras y las cosas declarando: “Este libro nació de un texto de Borges”[4]. Las paradojas de Borges –como antaño las de Lichtenberg- inspiran elucubraciones académicas y sugieren profundas reflexiones sobre el ser y el lenguaje, la infinitud de los mundos, los arquetipos platónicos, la ilusión del yo o el yo ilusorio (no es lo mismo), las paradojas del tiempo[5].

Éticamente, su poesía expresa a veces el remordimiento de no haber sido feliz y cierta propensión al nihilismo desgarrado:

“… mi mente
se aplicó a las simétricas porfías
del arte, que entreteje naderías.
Me legaron valor. No fui valiente.
No me abandona. Siempre está a mi lado
la sombra de haber sido un desdichado.”

La obra de Borges está más interesada por ideas y argumentos que por esa vana pretensión de la novela de representar la realidad. Son en sus escritos asuntos recurrentes: las sectas de proyecto metafísico, los agujeros negros del pensamiento…, todo ello, en sus postrimerías, revuelto con una salsa de panteísmo humanista, estoico, de clara aceptación de la muerte.

La muerte aparece en Borges como alivio que por fin desata, libera, “de la triste costumbre de ser alguien y del peso del universo”. Borges insistió más de una vez en que él quería morir del todo: “agradezcamos los vermes y el olvido”[6]. Esto último lo escribe en un poema en que se atreve muy elegantemente a retratar a un hombre en trance de defecar. La aniquilación nos absuelve de esta y otras humillantes necesidades.

Si hemos de creer a Bianciotti, en el momento de su muerte, junto a su lecho, Borges tenía la Correspondencia de Voltaire y los Fragmentos de Novalis: precisión y ensoñamiento, ironía e imaginación, luz y penumbra[7].

Siendo muy filosófica su obra, podemos decir con Juan Nuño que Borges carece de una filosofía propia. Como Cicerón, es más bien ecléctico y un tanto escéptico, pues se interesa por los tópicos filosóficos sobre todo por motivos estéticos y lúdicos. Usa la filosofía como instrumento literario, estético, en vez de hacer como los románticos alemanes, que usaban el arte como instrumento filosófico: “No soy un pensador –dijo-. Creo que soy incapaz de pensamientos propios”.

Borges contempla los grandes sistemas especulativos como obras maestras de la imaginación. Y a Parménides, Platón, Spinoza, Leibniz, Berckeley o Kant como autores de literatura fantástica. También pueden ser contempladas como sublimes criaturas imaginarias: el tiempo, el ser, la naturaleza, el yo, el infinito, el libre albedrío… El hecho de que leamos los textos filosóficos como literatura filosófica no tiene por qué implicar su devaluación. Al mismo tiempo es muy posible y valiosa una interpretación filosófica de las grandes obras de la literatura universal (Odisea, Divina Comedia, Quijote, Fausto…).

En su ensayo Avatares de la tortuga, uno de los que dedicó a las fascinantes paradojas de Zenón de Elea, observa:

“Es aventurado pensar que una coordinación de palabras (otra cosa no son las filosofías) puede parecerse mucho al universo. También es aventurado pensar que de esas coordinaciones ilustres, alguna –siquiera de modo infinitesimal- no se parezca un poco más que otras”.

Y concluye:

“Nosotros (la indivisa divinidad que opera en nosotros) hemos soñado el mundo. Lo hemos soñado resistente, misterioso, visible, ubicuo en el espacio y firme en el tiempo; pero hemos consentido en su arquitectura tenues y ternos intersticios de sinrazón para saber que es falso”.

Cree Savater que en este texto “falso” significa algo parecido a lo que hoy llamamos “virtual”, pues todo pensamiento no hace sino proponer y jugar con una realidad virtual. Esto no invita a prescindir del empeño filosófico, pero lo somete a una cura irónica de cordura mediante una sonrisa.
La filosofía es un jugar en serio. Del juego tiene la filosofía su carácter no instrumental. Y es precisamente eso lo que el feroz Calicles le reprocha a Sócrates en el Gorgias platónico, su infantil insistencia en los jeroglíficos mentales. Pero los niños –sigue diciendo Savater- no juegan para distraerse de la vida, sino para concentrarse en ella. A los filósofos les pasa igual. Lo que siempre está en juego es la vida misma. Eso que perdemos siempre.

La filosofía se sustrae también, como el juego, del tejemaneje de lo necesario para la supervivencia. Tiene esa ligereza libre que Nietzsche llamó jovialidad. Es el plus ultra del vivere. Jugar en serio, así se llaman los ensayos que el filósofo argentino Ezequiel de Olaso dedicó a Borges.

Borges ha llegado a ser un clásico, o sea, el monarca de un reino del que uno puede desertar, pero un monarca que ya nunca podrá ser destronado. Un autor “poseído” por la Literatura con mayúsculas, un sumo sacerdote pagano que estableció nuevas ceremonias de culto relacionadas con el Espejo, el Laberinto y la Imago mundi, un poeta de la añoranza de poseer la plenitud del significado. Más que bregar con problemas reales, sus narraciones y poemas plantean, muy metafísica e irónicamente, la realidad como problema.





[1] Borges: la ironía metafísica, 2002, Ariel, Barcelona, 2008.
[2] Un ejemplo relevante son los cuentos futuristas del polaco Stanislaw Lem.
[3] La eternidad de lo efímero, Biblioteca Nueva, Madrid, 2000.
[4] “El idioma analítico de John Wilkins” en Otras inquisiciones.
[5] Son algunos de los grandes temas que recoge Juan Nuño en su libro La filosofía de Borges, FCE Méjico, 1986.
[6] “La prueba”, en La cifra.
[7] En uno de sus títulos, Borges rinde homenaje a Junichiro Tanizaki: Elogía de la sombra.

martes, 10 de mayo de 2016

PERSONA E INTIMIDAD


            



"El silencio revela al corazón en su ser"
María Zambrano. Claros del bosque.

Vida pública vs. vida privada

     La sexualidad forma parte de la intimidad de las personas. Pero si bien la intimidad sexual es una dimensión importante y natural de la vida personal, la vida privada de las personas se proyecta más allá de los límites de la sexualidad. En cierto sentido, poseemos la dignidad de ser personas con independencia de lo que tengamos entre las piernas y de lo que hagamos con ello, con independencia de nuestras inclinaciones y relaciones sexuales.

En su Ensayo sobre la vida privada (1935), Manuel García Morente (1886-1942) ya denuncia la invasión de la vida privada por la pública, cómo la vida pública, en su forma más característica, que es la política, invade todos los ámbitos y reduce la vida privada: el silencio creador de la soledad íntima. Todavía no conocía el filósofo de Arjonilla (Jaén) el poder que alcanzarían Medios Masivos de (in)comunicación como la televisión o la Internet...

            Manuel García Morente
       (Arjonilla-Jaén 1886 - Madríd 1942)
«En nuestros días la vida suena y truena como nunca. Inunda las calles, los palacios, las salas públicas, las reuniones, los desfiles. Ha abandonado el recato de la alcoba y la soledad de la biblioteca. Nuestro vivir de hoy es un vivir extravertido, lanzado fuera de sí mismo, al aire libre de la publicidad. Y paralelamente, como fenómeno de recíproca penetración, la publicidad, la exterioridad invaden nuestros más íntimos recintos personales por mil agujeros que a propósito hemos abierto en ellos. Dijérase que nos avergonzamos de estar solos o con pocos; o que nos sentimos acobardados ante la perspectiva de habérnoslas con nosotros mismos y ajustarnos nuestras propias cuentas. En suma, los modos de nuestra vida presente prefieren lo público a lo privado. Por eso son tan aparatosos y arrogantes. Pero así como la viga no empieza a crujir hasta que empieza a ceder, así también los tumultos de una vida pública excesiva y predominante son síntomas no de mayor, sino de menor intensidad y fuerza vitales. La vida del hombre es radical, esencialmente la de cada hombre, la de cada individuo, la de cada persona» (pg. 9s.[1]).

Espíritus independientes y espíritus alienados

     Cuanto más "tenue y diminuta" es un alma, más depende de las valoraciones colectivas y sociales aprendidas y recibidas de fuera. "Son almas que aun en la soledad siguen alimentándose de puros lugares comunes y haciendo vida pública, incluso en lo más privado; son seres cuya existencia y pensamiento reproduce dócilmente los tipos y tópicos[2] sociales vigentes en su mundo. Otras almas, en cambio, más profundas y originales, alientan auténticas en la intimidad y sienten lo común, lo anónimo y mostrenco como una traición a sí mismas, como una enajenación imperdonable" (pg. 16).

Un caso particular es el del "famoso", el del que es conocido sin que conozca a quienes le conocen. La fama[3] produce exaltación gozosa, pues la vida del famoso o de la famosa existe para otras muchas, aunque las otras vidas no sean conocidas por ellos, y él o élla se sienten así más que los demás seres humanos, pero la fama tiene su reverso, la personalidad íntima del famoso es publicada y despersonalizada, convertida en cosa pública, la fama deprime por cuanto nos arrebata la vida y la convierte en puro objeto para los demás.

Relaciones privadas

     La vida privada se basa en la reciprocidad del conocerse de dos personas. ¿Qué es conocerse? La persona es precisamente y siempre subjetividad irreductible a cosa. Persona es el fondo de irreductible subjetividad de un ser humano que no puede ser cosa. En este sentido, la persona de hecho no puede ser conocida, ya que no puede ser objeto científico. "En puridad, el conocimiento de la persona es radicalmente imposible"... "Por eso una persona es tanto más fácil de conocer cuanto menos persona es" (p. 26).

            Puesto que la persona es sujeto, se hace a sí misma en la vida y no tiene un ser fijo, sino que es puro proyecto, un programa que se realiza en el tiempo, como un actor que fuera él mismo componiendo su papel al mismo tiempo que lo va ejecutando. Las cosas tienen naturaleza; las personas, libertad...

«El ser de la persona no está ahí puesto, esperando a que un sujeto cognoscente le conozca, sino que se hace con lo que en cada momento el hombre viviente se propone ser y hacer de su vida» (22)

Cada persona tiene su mundo, por eso la relación entre dos personas es la relación entre dos mundos. La relación entre dos personas altera esencialmente esos mundos, aunque no podamos percatarnos de en qué medida lo hace. Una persona es un ser individual irreductible a conceptos. Un ser con nombre propio[4] que sólo puede ser intuido, penetrado por acto directo, por contacto inmediato de vida a vida ("de corazón a corazón", dice el budismo zen). El único modo de llegar más o menos a ella es entrar en ella. El modo de esa relación es relación privada[5]: trato mutuo, la compenetración, la convivencia, la simpatía, la compasión, una "intercomunicación de las almas".

El primer plano de la vida privada es el de los ensayos y tanteos, en la región intermedia entre lo público y lo privado. El tránsito de una zona a otra es peligroso, por eso la sociedad ha dispuesto fórmulas y formas, encaminadas a facilitarlo o a dificultarlo. La primera de esas fórmulas introductivas es la presentación, cuya finalidad consiste en hacer posible una iniciación del trato privado. La presentación rompe el anonimato. La presentación no autoriza por sí sola a mayores intimidades, que han de irse conquistando en paulatina y siempre revocable entrega.

La cortesía. Función de las convenciones sociales


     Sobrevienen después de la presentación cierto número de convenciones o ritos sociales (reglas de cortesía) que tanto encubren la persona, eludiendo el trato, como facilitan una progresiva compenetración. Especial atención merece el saludo, un signo mediante el cual las personas presentadas, es decir, en potencia de trato privado, se recuerdan unas a otras y se reiteran su favorable disposición a continuar o intensificar el trato. Negar el saludo significa, pues, reintegrar en la mera relación pública a la persona con quien se tuvo un amago de trato privado. 

Otro rito es la visita, la visita "de cumplido" significaba claramente el consentimiento a seguir practicando la relación privada, pero también la resolución de no conceder al mutuo trato más de lo que se le ha concedido hasta ahora. Todas las convenciones corteses facilitan a la vez que dificultan la relación, encubriendo y descubriendo la intimidad personal. Así, las convenciones permiten variar la proporción de entrega y reserva. Por eso, su erosión, la pérdida de las "buenas formas", por un prurito de sinceridad o de informalidad espontaneísta, antes que favorecer la construcción de relaciones íntimas fructíferas, las dificulta.

A medida que penetramos en la intimidad de una persona, las convenciones van siendo innecesarias, al menos las de la cortesía habitual[6], puesto que la finalidad de esas fórmulas es regular, como una válvula de seguridad, el ejercicio de los esfuerzos encaminados al trato íntimo. Así, la práctica minuciosa de alguna de ellas demostraría cierto deseo de reserva y contención que retraería la relación privada a una fase anterior de menor intimidad y confianza.
           

El cono de la vida privada

     El extremo más hondo de la vida privada es soledad, el trato de la persona consigo misma. El conjunto de la vida privada puede compararse a un cono, en donde la superficie de la base está todavía en contacto con el mundo de las relaciones públicas, pero a medida que los planos van acercándose al vértice y alejándose de la publicidad, va reduciéndose asimismo la extensión hasta el vértice, en que se concentra la vida privada, en la soledad del yo viviente, a la que nadie más que yo mismo puede tener verdadero acceso. La reducción del ámbito privado supone también un proceso de intensificación, de autentificación.

La capacidad para la vida privada, para la amistad, el amor y la soledad, no es la misma en todos los seres humanos, depende de la cuantía en que cada cual es persona. Los humanos que aceptan automática y pasivamente cualquier relación, porque para ellos cualquier relación es pública, intercambio de cosas, funciones y servicios, suelen ser también incapaces de soledad, huyen de ella, porque al hallarse solos perciben algo así como el vacío de su ser... no alimentan ninguna ilusión personal. Claro está que una gran parte de nuestra vida no es nuestra, es cultura colectiva, pero...

«el manantial de toda renovación y cambio, el propulsor de la vida es ese fondo de ilusiones y apetitos personales que nos impele a soñar modos completamente nuevos de ser y de vivir» pg. 37.

Lo que para nuestros antecesores fue creatividad y proyecto, para nosotros es realidad, los logros históricos pasan a ser corsés cosificantes. Sobre lo edificado tenemos que levantar nuestra propia vida, el ser que no somos pero queremos ser. En toda vida personal hay pues negación parcial del mundo histórico recibido, colectivo, social, vigente y afirmación ilusionada de un nuevo proyecto. Puede resultar cómodo descansar en las convicciones ya hechas; las formas de la vida privada no se pueden vivir sin esfuerzo y trabajo. La vida privada hay que hacérsela, hay que conquistarla. No es fácil vivir verdadera amistad, verdadero amor y verdadera soledad. Pero el esfuerzo merece la pena, porque el trato y comercio privado entre personas contiene la fuente única de donde brota todo cambio creador en la historia humana. Si por una parte cultura es la solidificación, la mecanización de la vida, por otro lado también es el elemento creador que la vida saca siempre de sí.

Formas de la vida privada. La amistad

El amigo considera al amigo como un fin en sí mismo y lo que hace para el amigo, no lo hace por cálculo y en espera de la recompensa, sino de manera interesada. Los amigos se dan recíprocamente este trato. La amistad es una forma de vida antes que un sentimiento subjetivo:

«La amistad no es sino secundariamente un sentimiento. Los sentimientos transcurren en el yo y de cara al yo, mientras que la amistad se orienta hacia el tú y consiste más en un hacer que en un sentir. Pero en la amistad -como en cualquier otra forma de vida privada- la acción es mutua y no se dirige a las cosas, sino a ese otro yo que llamamos el tú; es decir, establece una reciprocidad en el vivir... Lo que de sentimiento tiene la amistad es, pues, como un regalo que sobreviene sin haberlo buscado.»

Es difícil señalar cuáles sean las causas de la amistad, su finalidad es la colaboración vital y su condición inexcusable el respeto mutuo. El ejercicio específico de la amistad es la confianza. Entre los verdaderos amigos no hay secretos. La confianza es ese mutuo compartir los más íntimos movimientos del alma.

El amor

     En el amor, a juicio de García Morente, hay un componente de egoísmo que no existe en la amistad. Dándose al amado, confundiéndose con él, el amante se descubre y afirma a sí mismo. El amor organiza el alma, distribuye sus partes, diversifica la vida interior y la unifica, puesto que jerarquiza sus actividades. El egoísmo del amor es de una especie rara. En el amor no se trata de someter una vida a la otra, ni se trata del paralelismo en mutuo auxilio que otorga la amistad, sino de la confluencia de dos vidas que se unen en el afán de confundirse. 

El verdadero amor aspira a la más perfecta e integral compenetración de los amantes. En la amistad se mantiene escrupulósamente la distinción entre el yo y el tú. El amor aspira a borrar esa diferencia, por eso su condición no es el respeto sino la dilección, una atracción invencible. Su ejercicio es la confidencia. Un hacerse los amantes patentes y transparentes el uno para el otro... 

"Los amigos se escancian el vino uno a otro; y cada cual lo bebe en su copa. Los amantes, empero, sacian su sed los dos en el mismo vaso" (46). 

La soledad

     Para el filósofo jiennense, la soledad activa, no la que se padece con desolación, es la forma más perfecta de la vida privada. Tiene como fin la salvación; su condición es el ensimismamiento, y su ejercicio la confesión.

El ensimismamiento es el descenso dentro del alma, la exploración en busca de nuestro auténtico ser o, como se dice en términos religiosos, "el examen de conciencia". En esa soledad activa hacemos balance y planes, recobramos las fuerzas vitales y percibimos melancólicamente lo que en toda vida hay de íntimo fracaso. Por eso, el ejercicio propio de la soledad es la confesión. En soledad descubrimos de verdad qué y quiénes somos, confrontando lo que quisimos y queremos con lo conseguido. La disconformidad entre la vida vivida y la vida proyectada constituye el "pecado", la traición que hemos cometido contra nuestro ser auténtico.

Para Morente, la salvación no es "volver a la naturaleza", sino superarla. El hombre se salva de ser naturaleza, de ser cosa, haciéndose persona. La educación consiste en nuestra incorporación individual al mundo y cultura de un tiempo y de un lugar en la historia. Pero además de esa primera salvación, que nos introduce en la dimensión de lo humano, de lo no-natural, hay una segunda y superior salvación que es la nuestra, la propia e individualísima. Sobre esa "segunda naturaleza" que es la cultura heredada, cada cual ha de trenzar la labor de su propia y original esencia. 
           
García Morente finaliza su ensayo refiriéndose a los perversos efectos de la invasión de lo público en lo privado. La publicidad falsifica las relaciones, estandariza los gustos y preferencias individuales, mete en el hogar propio la plaza pública y traslada lo privado a la plaza pública fuera de todo recato. En todas partes la masa impone así sus gustos mediocres y vulgares. Un caso particular es la relación entre maestro y discípulo, que se ha convertido en un vínculo superficial, mientras en el pasado se basó en un trato de mutuo conocerse próximo al ámbito privado. Por todas partes se establecen mendaces formas de amistad y amor, y se falsifica la soledad en forma de "aislamiento"... Acaba el ensayo con una especie de profecía:

"Cuando los hombres se cansen de vivir extravertidos y empiecen a reponer la publicidad al servicio de la vida privada, habrá empezado verdaderamente un período nuevo en nuestra historia"

Cuestionario

1.     ¿Es posible una distinción precisa entre vida pública y vida privada? Precise distintas actividades que son propios de una y de otra.
2.     ¿Cree usted como García Morente que la vida privada está en nuestra época amenazada por la publicidad?
3.     ¿Por qué "agujeros" se infiltra la vida pública en nuestra intimidad? ¿Cree usted que es más rica o más pobre la intimidad hoy que hace cien años?
4.     ¿Por qué viven las almas vulgares de los tópicos?
5.     Describa algunas formas de alienación personal que le sean familiares en la sociedad contemporánea.
6.     ¿Qué necesidades psicológicas le parece que satisface el espectáculo mediático del "famoseo"? Explique por qué "Fama es la hermana prostituta de Gloria".
7.    Comente el siguiente texto:
«Todo concepto genera una extensión, aunque sea desconocida o ilimitada. Mientras que el nombre propio, único, inalienable, es el que confiere la presencia con sólo ser pronunciado, el que desata la súplica o la invocación, o el que estalla sin darse a conocer en el gemido, el que se riega en el llanto»
María Zambrano. Claros del bosque, V, VII.
8.     ¿Qué utilidad tienen las reglas de cortesía? ¿Están en decadencia?
9.     Dibuje un cono como figura esquemática de la vida privada, señale qué es el vértice y qué su base.
10.  Dibuje una tabla con las tres formas de la vida privada, su fin, condición y ejercicio.



[1] Cito la edición de 2001, ediciones Encuentro, Madrid-Barcelona.
[2] Sobre qué sean los tópicos y su relación con la opinión pública véase Imágenes e Ideas (Alegoría, 2015), II, B. 5. pg. 49-52.
[3] Algún filósofo famoso ha definido a Fama como la hermana prostituta de Gloria. Otro defecto de la felicidad que proporciona la fama en las sociedades mediáticas es su provisionalidad. Las masas consumen héroes de usar y tirar. Los mismos públicos que hoy te encumbran mañana te pisotean y destruyen.
[4] Cuando usamos nombres comunes para referirnos al otro: "pive", "tío", "tronca", "parienta", "negro", "polaco", etc., lo despersonalizamos, lo cosificamos, consciente o inconscientemente.
[5] García Morente plantea una interesante analogía entre la relación con personas y la relación con cosas; así como hay una relación pública con las personas, también la hay con las cosas (técnica). La investigación científica ya no pone al hombre frente a las cosas, sino frente a problemas e interrogaciones, podría compararse con la relación privada porque "el sentimiento de lo problemático supone, en el sujeto, una fuerte dosis de libre personalidad" y porque descubrir en las cosas problemas es prescindir en ellas de lo ya sabido y reanudar con ellas una relación casi personal. También podría compararse con una relación privada la que mantenemos con objetos por los que sentimos afecto o veneración. Otro tanto puede ocurrir con animales. La relación artística también guarda cierta semejanza con la relación privada.
[6] Evidentemente, la confianza mutua las hace prescindibles, pero eso no significa que deban desaparecer por completo. La sabiduría popular nos recuerda esto con el dicho "donde hay confianza, da asco". Un exceso de relajación puede hacer que la intimidad desagrade.


domingo, 14 de febrero de 2016

LOCUCIÓN INTERIOR

"Sin referencia a la unidad ni la multiplicidad puede ser múltiple ni la pluralidad plural"
Ana Azanza, oct. 2010.
Jaime Balmes (1810-1848)

"Abs-tracto"

La preposición de ablativo latina abs significa alejamiento, apartamiento, distancia. Tractus es un participio de trahere, de donde traer, traído, trecho.

Lo abstracto es el concepto, la noción, la idea..., esa unidad de percepción intelectual, de intelección exige distancia, un alejarse de los objetos para verlos mejor. Sin los conceptos no serían posibles ni las proposiciones ni los argumentos. En una palabra, los conceptos abstractos son los ladrillos de que está hecho ese edificio que llamamos razonamiento, demostraciones o deducciones científicas, argumentaciones morales, el mayor poder transformador desatado en el mundo por la mente humana.

Lo abstracto es lo contrario de lo concreto (concretus, participio de concresco), que significa lo sólido, lo que crece por aglomeración, lo endurecido. Las cosas son duras, las ideas etéreas, como sueños del hombre. El sueño del concepto -ese verbo mental, esa locución interior- engendra entidades misteriosas, posibilidades lógicas, ideales, como el número, o la igualdad, la justicia o el valor.

Conceptum, de concipere, concebir. Concebir es unir dos o más entidades para formar una tercera. El concepto o verbo mental es la representación o expresión ideal del objeto conocido en la mente del que conoce. Es algo que hace o construye el entendimiento sin salir de sí mismo, la "imagen espiritual" del objeto conocido. Una maravillosa creación de la mente humana.

Cómo es capaz la mente de reproducir o representar la figura esencial (eidos, idea) de las cosas que conoce es algo que la ciencia por el momento ignora. Evidentemente, no conocemos mentes sin cerebro y nuestra comprensión abstracta de los fenómenos del mundo tiene que ver con el modo en que interaccionan las neuronas en las capas más "modernas" y superiores del cerebro.

viernes, 22 de enero de 2016

Frege, uso ordinario y lógico del lenguaje

Gottlob Frege (1848-1925), padre de la lógica de primer orden


Gottlob Frege nació en Wismar (1848), a la orilla del mar Báltico. Estudió matemáticas y física en Jena y Gotinga, y filosofía con el kantiano Kuno Fischer y el idealista Hermann Lotze. Ocupa un papel fundamental en la creación de la lógica moderna al ensayar una ideografía o conceptografía, siguiendo el sueño de Leibniz de una lengua lógica universal perfecta (Mathesis universalis), o sea un lenguaje de fórmulas similar al aritmético para el pensamiento puro.  Su objetivo final era reducir la aritmética y el análisis matemático a la lógica.

En su artículo "Sobre la justificación científica de la escritura conceptual" comparó el lenguaje ordinario con la mano, y el lenguaje formal de la lógica con la herramienta. La maleabilidad y blandura del lenguaje ordinario es la condición de su desarrollo y múltiple aplicabilidad. Pero no basta, por eso creamos herramientas para tareas específicas que resultan más precisas que la mano. Su precisión depende precisamente de la rigidez de la herramienta, la inmutabilidad de sus partes, es decir por la ausencia de las propiedades que en la mano explican su versatilidad.

lunes, 10 de noviembre de 2014

Cine y filosofía de la vida cotidiana


El filósofo Matt Whitlock propone en la página web de un portal de cine online de pago, MUBI, casi medio centenar de películas que considera esenciales para el estudiante de filosofía. Las organiza en tres series:

1) Documentales sobre filósofos.

2) Películas con filósofos como personajes.

3) Películas de temas filosóficos.

Habría que añadir también documentales sobre obras e ideas filosóficas. Por ejemplo el magnífico documental sobre la República de Platón, incluido en la serie Grandes Libros.



Alain de Botton (Zurich, 1969), escritor, presentador y emprendedor suizo, ha acercado la reflexión filosófica y sus figuras históricas a la vida cotidiana. En 2008 fundó en Londres The School of Life, en la actualidad dirigida por Morgwn Rimel. En ella se pueden seguir cursos sobre cómo hacer amigos, como armonizar el trabajo con la vida, o sobre estrategias de liderazgo... 

Sus vídeos, de la serie Filosofía: una guía para la felicidad, disponibles en YouTube son un valioso instrumento didáctico para interpretar y aplicar a nuestro presente y nuestras necesidades vitales los grandes temas de la filosofía.

Por ejemplo:

Sócrates y la autoconfianza

Séneca y la ira

Schopenhauer on love (Documentary inspired and hosted by Alain de Botton, based on his book The Consolations of Philosophy)

El blog pijamasurf ofrece una top de 20 películas indispensables para todo estudiante de filosofía.










jueves, 14 de agosto de 2014

Memento Mori


Todo tiene solución, menos la muerte. La muerte nos iguala a todos, a los ricos y a los pobres, a los guapos y a los feos, a los poderosos y a los humildes. Es nuestro destino seguro, al menos como sujetos encarnados. Es posible que el inconsciente no sepa nada de la muerte –como decía Freud-, que se considere eterno. Y tal vez en nada piense un hombre joven y sano menos que en la muerte –como dejó dicho Spinoza-. Pero a medida que envejecemos, la experiencia de la muerte de mascotas, familiares y amigos, se vuelve cercana e inquietante. Vamos a morir. Sin remedio. Y lo sabemos.

Sin duda esta conciencia de que vamos a morir nos constituye como humanos. Es un radical antropológico. Es dudoso que otros animales lo sepan tan claramente. De hecho somos la única especie que rinde honor a sus muertos. La muerte de un ser humano es particularmente trágica porque con cada persona fenece una interpretación original, una forma única de humanidad. Vista una gallina, vistas todas. Pero cada ser humano –como decía Únamuno- es especie única.

El instinto de supervivencia tal vez sea en nosotros el más fuerte. No nos gusta morir y la muerte nos da miedo. Algún filósofo –Fernando Savater- ha dejado escrito que toda la cultura es un vasto conjuro contra este miedo. Al fin el objetivo –expreso o inexpreso- de religiones, técnicas, ciencias o artes es salvarnos o, al menos, dejar tras de nosotros huellas que prueben que hemos vivido o trasciendan nuestra vida, preservando nuestro recuerdo.

jueves, 10 de abril de 2014

Retórica y dialéctica



¿Cuál es la frontera entre la retórica y la dialéctica?

 La palabra "retórica" ha tomado en el lenguaje corriente un sentido peyorativo, como ciencia o recurso inútil o meramente ornamental. Pero durante siglos, la retórica contuvo a los saberes humanísticos, tal y como los entendieron Cicerón y Quintiliano. ¿Cuál es la frontera entre la dialéctica y la lógica apodíctica, demostrativa? La demarcación entre sofística y retórica, entre la superchería publicitaria o propagandística y el sensato y hermoso juego de la persuasión -una técnica y un arte-, tampoco resulta neta, precisa. Por ello habría que clarificarla.

Los límites entre lo seguro, lo verdadero, lo verosímil, lo probable, lo plausible (de plauso, aplaudo) y lo engañoso o insidioso. De un lado, está la verdad cierta, que sólo los dioses conocen, y del otro lo falso y la mentira. Pero entre ambos extremos, el primero ideal, el segundo, detestable, están el inmenso terreno en el que familiar y civilmente nos movemos: lo razonable, lo creíble, lo opinable, lo objetable, aquello a que puedo prestar mi adhesión mental con dignidad. Como han mostrado Perelman y otros, hay argumentos casi seguros, casi lógicos, casi falaces…

Uno adopta una filosofía cuando está tan persuadido de que las cosas y los procesos son así o “asao” que la persuasión adopta la forma de convencimiento. Pero toda filosofía se viste públicamente de retórica, si quiere resultar amable.

No es casual que la filosofía la inventase un poeta. Los diálogos socráticos son todavía teatro, arte cómico y arte dramático. El artista mueve sus marionetas, vitalizando opiniones o ideas. Sin embargo, Platón afinó su lira poética imponiéndole la disciplina pitagórica, interpretando así un arte de raíz también parmenídea, zenoniana, consistente en dar y recibir razones, añadiéndole el instrumental hipotético-deductivo, y analógico, templado por los pitagóricos.