Λάθε βιώσας
Epicuro, Fr. 551 Us.
Igual que José de Arimatea, el fariseo Nicodemo sólo aparece en el Evangelio de San Juan. Es uno de los “santos varones”, un discípulo oculto de Jesús, un espíritu noblemente atormentado por el ansia de verdad y restauración espiritual de su pueblo. Fiel a sus compromisos sociales y vinculado al ejercicio responsable del poder, Nicodemo busca el misterio revelado por Jesús en el secreto de la noche.
Jesús le acoge en una noche de encantada serenidad... Luego, Nicodemo desaparece de la historia. Puede que el árido racionalismo se rebelara contra los confiados misterios que el joven galileo le confió en el silencio de aquella extraordinaria noche... El evangelista cuenta lo que Nicodemo hizo aquel terrible día en que volvió a ver a Jesús crucificado. Entonces, el fariseo se acordó de la profecía: “Como Moisés elevó en el desierto la serpiente, también es necesario que sea elevado el Hijo del hombre a fin de que quien crea en Él no perezca, sino que goce de la vida eterna”... Se le vio subir jadeante al Calvario, con cien libras de aromas para embalsamar y perfumar el cadáver de su salvador.