domingo, 19 de abril de 2009

Mente consciente

EL CONTENIDO DE LA MENTE CONSCIENTE

Nuestro cerebro es el centro de control de todas las actividades físicas, pero, además, es la base física de nuestra vida sensible, afectiva, representativa, moral e intelectual. ¿Cómo conoce la mente? ¿Qué sucede, qué podemos hacer y cuáles son los elementos fundamentales de nuestras actividades psíquicas conscientes? La siguiente tabla ofrece un análisis que responde a estas cuestiones:



Sensibilidad, Afectividad y Apercepción son facultades sensibles, mediante las cuales conocemos la presencia, aquí y ahora, en el espacio y el tiempo, de aquello que se muestra a la experiencia: el fenómeno, lo que aparece, integrado en unidad formal consciente.
Memoria e Imaginación constituyen la facultad representativa que nos permite conservar y combinar las percepciones (sus huellas), actualizándolas a voluntad. Estas capacidades de la mente sirven de puente entre el conocimiento sensible y el inteligente o abstracto. El Entendimiento depende de la imagen no sólo para la formación de ideas, sino aun para su empleo; en el sentido de que no hay pensamiento sin el uso de imágenes o símbolos.
Las Facultades intelectuales nos permiten reconocer lo que hay de común en las cosas, asociándolo a un nombre, relacionar unas nociones con otras y, por último, concluir consecuencias, a partir de verdades supuestas o conocidas (razonamiento). El razonamiento es, sin duda, la actividad cognitiva más poderosa de la mente humana.

Comente los siguientes textos de Tomás de Aquino:

A. “Las imágenes acompañan necesariamente nuestro conocimiento en esta vida, por espiritual que pueda ser este conocimiento; pues aun Dios nos es conocido por medio de las imágenes de sus efectos” (De malo, 16, 8 ad 3.)

B. “La imagen es un principio de nuestro conocimiento. Es aquello por lo que empieza nuestra actividad intelectual y no simplemente como un estímulo transitorio, sino como fundamento permanente de la actividad intelectual”. (In librum Boethii De trinitate, 6, 2 ad 5).

lunes, 13 de abril de 2009

Principios y propiedades de la Lógica



Esquemas lógicos y principios lógicos

Ante todo es necesario distinguir entre esquemas lógicos y principios lógicos.
“(p & q) -> r”, por ejemplo, es un esquema lógico correcto, aplicable a cualquier trío de enunciados: “si me caso y tengo hijos, entonces tendré que trabajar duramente para mantenerlos”

Principios lógicos son los siguientes:

X <=> X , principio de identidad
“Sólo si X, entonces X, es verdadera siempre”

¬ (Y & ¬ Y), principio de no contradicción
“No puede ser que las tesis Y y no-Y sean verdaderas al mismo tiempo”

(Z v ¬ Z), principio de tercio excluso 
Supuesto que Z sólo tenga dos posibles valores de verdad, Z es necesariamente verdadera o falsa.

Dos rasgos llaman la atención en estos enunciados:

1º Son evidentemente verdaderos.

2º Son universales, son formas que pueden albergar cualquier materia o que pueden ser interpretadas de infinitas maneras.

domingo, 12 de abril de 2009

Recapitulación teórica sobre el problema Mente-Cuerpo

El mundo luminoso del Mito, como ya dijera Conford, constituye el primer intento narrado por parte de los seres humanos de encontrar respuesta al problema de la identidad. El bello mito de Prometeo, tal y como nos ha sido legado en el Protágoras platónico, es un caso ejemplar de lo que hemos dicho. En el mismo, se nos narra la aventura de un semidios, Prometeo que, apiadado de unos hombres desfavorecidos en el reparto de dones naturales (capacidades naturales, instintos) que había hecho su hermano Epimeteo, decide robarle el fuego a los Dioses para dárselo a los hombres. Con el fuego reciben, los frágiles humanos, la habilidad técnica, la facultad de fabricar y a partir de aquí la técnica se convierte en el potencial humanizador de esta especie elegida. Si seguimos las enseñanzas míticas, se impone la idea de que una inquietante dualidad preside la definición de “ser humano”: somos seres infradotados naturalmente, pero armados de habilidades desconocidas en otros seres vivos, como es la inteligencia, con las que despegamos hacia una nueva dimensión: la Cultura. El potencial humanizador que tiene el fuego como símbolo de la habilidad técnica, desarrolla poco a poco otras “capacidades” como son : 1. la capacidad asociativa. 2. la capacidad lingüística 3. la capacidad política. 4. la capacidad ética. 5. la capacidad artística-filosófica. La secuencia podría ser la siguiente: el trabajo que desarrolla el ser humano para evitar ser depredado y subsistir se realiza mucho mejor en grupo → surgen las asociaciones de trabajadores → empieza a producirse una diferenciación de tareas para buscar la efectividad → es necesaria la planificación. Esto último implica la necesidad de haber desarrollado un lenguaje complejo para llegar a acuerdos, pero también la aparición de líderes que asuman tareas de dirección, gestión, amparo o consuelo del resto de los miembros de la asociación. Los asentamientos se van haciendo cada vez más estables, porque el control y la dirección así lo exigen. Las primeras tribus tienen una organización política. Sin embargo, este poder está en entredicho si no está justificado de una manera menos perentoria, es decir, si no recurre o gana el ámbito de la legitimidad. La dimensión moral del hombre se va haciendo, por lo tanto, cada vez más importante y la formación de la conciencia necesita el reconocimiento de pequeños ámbitos de libertad, de creación y de reflexión (una manera más de justificar la necesidad de hacer filosofía). La pregunta que nos asalta cuando estudiamos esta composición dual que tan buenos resultado deja en el curso de la evolución humana, es: ¿cómo de lo meramente natural puede evolucionar algo que no es material, como es la inteligencia, la moral... la cultura?, ¿cómo relacionar nuestra vertiente natural-corporal con nuestra tendencia cultural-mental? En la medida en que la filosofía trata este tema, y no puede hacerse sólo y exclusivamente desde un estudio científico, estamos haciendo "Metafísica" (nos proponemos estudiar una relación que va más allá de lo físico, o por lo menos no sabemos si es sólo física). Desde la antigüedad clásica asistimos al intento de definición de un ser humano que se elevaba por encima del resto de especies conocidas. Algunos, los menos, encontraron similitudes entre este ser humano y algún ser vivo animal (Anaximandro afirmó que el hombre procedía del pez), sin embargo la tendencia fue justificar la especial constitución del ser humano según un componente espiritual que le acercaba a los Dioses: psyche, psique o Alma, cuya capacidad propia era el Conocimiento .
El dualismo griego materia-espíritu es la intuición natural de los primeros hombres respecto a su propia caracterización. Platón mantenía una antropología dualista, el ser humano (el "bípedo implume") era una unión accidental de cuerpo y alma (el alma, de naturaleza inmaterial, era eterna y había vivido en el mundo de lo verdaderamente real, pero había caído en el cuerpo material, que se convertía en su cárcel). Esta unión expresa lo antinatural que era para el alma (lo inmaterial, lo racional) el formar pareja con un cuerpo corrupto (toda la dogmática cristiana se apoya en esta concepción de Platón para elaborar su visión del ser humano, como pecador que vive en un "valle de lágrimas"). Sin embargo, Descartes supone un cambio de perspectiva radical. El dualismo que mantiene considera el Espíritu, el Alma, el Yo, como una Sustancia y por tanto, siguiendo la definición aristotélica, como algo material. Los problemas que para la filosofía va a tener este matiz son innumerables: 1. ¿Cuál es la naturaleza de lo mental? 2. ¿Cómo se relaciona con la sustancia corporal? 3. ¿Cómo comunicar estados mentales personales si se caracterizan por la intimidad y la inmediatez? 4. ¿Cómo hablar o conocer los estados mentales de otros individuos, si solo puedo conocer con seguridad mis propios estados mentales? Todas estas preguntas han dado lugar al PROBLEMA MENTE – CUERPO, y las tentativas de solución han dado lugar a una increíble red de teorías cuyas afirmaciones, a menudo, son difíciles de entender o, por lo menos, tan oscuras como el propio problema.
El Solipsismo de lo mental
El Conductismo Lógico o Filosófico se presenta como una alternativa global a la concepción cartesiana de la mente. A partir del argumento de la introspección, la sustancia pensante (cógito) se caracteriza por la inmediatez e infalibilidad con que es conocida por el sujeto, pero siempre dentro de la privacidad del sujeto. Consecuentemente, los contenidos de la conciencia son PRIVADOS y, a parte de los problemas que encontraríamos para poder comunicarlos (recordemos el argumento de Wittgenstein y los escarabajos para criticar la concepción de los lenguajes privados), no podríamos atribuir pensamientos a otros individuos distintos de nosotros mismos, es decir, caeríamos en un solipsismo epistemológico. Pues bien, el Conductismo Lógico señala este problema y lo aplica a lo mental (solipsismo de lo mental), destacando que las proposiciones sobre estados mentales son inverificables. Ryle en su libro Dilemas trata de deshacer estos aparentes conflictos aclarando la confusión conceptual que se produce acerca de la mente (como buen positivista). La mente y las actividades mentales no serían una entidad y unas actividades añadidas al cuerpo, es decir, no se podrían situar al mismo nivel ontológico que el cuerpo, sino que son el resultado del conjunto y organización de las actividades físicas desarrolladas por el cuerpo. Desaparecería así el encanto que nos había acompañado como especie desde los albores de la reflexión sobre el propio ser humano, al ser ahora definidos de forma exclusivamente física. ¿Debemos conformarnos? Nuestra inteligencia, nuestra capacidad de simbolización, ¿se reduce a una actividad física? La palabra clave es “reduce”. Las llamadas Teorías de la Identidad pecan de reduccionistas.
El Funcionalismo
Para esta corriente las propiedades mentales son propiedades funcionales del cerebro, esto es, cumplen un papel causal en la determinación de la conducta, según los contextos. La mente desempeña un papel causal que no es reductible a términos físicos, aunque sí dependiente de los mismos. Podríamos decir que el cerebro es la base material que permite una red de conexiones neuronales, cuyo funcionamiento como conjunto daría lugar a la mente. Imaginemos la portada de la Feria de San Miguel en el recinto ferial, si nos detenemos en describir su constitución es bien simple: un soporte de madera repleto de bombillas de colores. Sin embargo, desde la ciudad de Úbeda, aparece iluminada como algo más, quizá como la puerta de entrada a la Mezquita de Córdoba, quizá como la entrada a la catedral de Jaén, en definitiva perdemos la vista material que la compone, el conjunto de bombillas, y le damos una entidad propia, distinta, alejada de su posibilidad material. A esto es a lo que se refiere el funcionalismo, grosso modo, cuando habla de "propiedades funcionales". Una de las consecuencias del funcionalismo es que cualquier sistema que presente la organización funcional pertinente tendría estados mentales, sea cual fuere su constitución interna. Así, supuesto un robot guiado computacionalmente, si presentase una organización funcional suficientemente cercana a la de un ser humano, tendría estados mentales. La Ciencia Cognitiva encuentra en esta argumentación su base filosófica para hablar de Inteligencia Artificial. Fue Hilary Putnam quien formuló por primera vez las hipótesis básicas del Funcionalismo Computacional o Funcionalismo de Máquina. Si os dáis cuenta el discurso sobre la relación Mente-Cuerpo va evolucionando hacia un materialismo o hacía un Monismo Materialista. El problema que nos plantea el funcionalismo aparece cuando nos detenemos a estudiar aspectos esenciales de la mente, de los estados mentales fenomenológicos, tales como el dolor, el sabor o la experiencia visual de color. ¿Sería posible contradecir al funcionalismo y encontrar dos sistemas mentalmente diferentes a pesar de ser funcionalmente idénticos? Pensemos en dos hombres maduros que acuden al dentista con dolor de muelas. Los dos tienen afectado el nervio de la misma forma, y de la misma muela. Sin embargo uno chilla, y el otro gime. ¿Qué ocurre aquí? Las experiencias se manifiestan y se experimientan de forma distinta por los dos sujetos, las propiedades cualitativas de los estados mentales fenomenológicos (los llamados qualia), pueden diferir. Por lo tanto, las experiencias conscientes no son funcionales.
El Emergentismo
El punto de vista humanista estimula otras formas de pensar la relación en busca de una identidad más creíble para nosotros mismos. No se puede reducir la mente al ámbito de la racionalidad pura, y hemos de admitir la importancia de lo emocional sobre la racionalidad. La vida humana empieza a vislumbrarse como un sistema diverso, con restos de su pasado animal y con un complemento racional que se superpone o se eleva constituyendo el verdadero proceso de la hominización. Los emergentistas, Mario Bunge es uno de ellos, reconocen el salto cualitativo que se produce entre lo específicamente humano y lo animal. Pero para los emergentistas el psiquismo se concibe como un psiquismo animal más evolucionado y complejo (no en vano esta postura parte del evolucionismo). Los estados mentales humanos no son idénticos a estados físicos del cerebro ni pueden reducirse a ellos (contra la teoría de la Identidad) pero no son tampoco independientes de los mismos pues "emergen" de ellos, surgen de lo físico pero como lo cualitativamente "otro" (pensemos como nosotros surgimos de nuestros padres, pero somos "otros" seres humanos independientes). Entre nuestros filósofos más cercanos, X. Zubiri (1898-1983) defiende un tipo especial de Emergentismo: la hominización consistiría en la actualización de las potencialidades de la materia en un nivel estructural inédito y, por “elevación”, en el sentido de “brotar-desde”. La mutación que es el genoma humano consiste en “hacer desde sí mismo” el psiquismo, pero no por sí mismo, sino por acción del dinamismo universal y sustantivo del cosmos, «concebido como una especie de melodía dinámica que se va haciendo en sus notas». Una concepción de este tipo evita dualismos y monismos y, sin embargo, no es un reduccionismo en el problema de la relación mente-cuerpo. Nos transmite una idea de ser humano como el lugar donde lo material es más que material, donde la materia da de sí una estricta posibilidad: la inteligencia. El psiquismo humano no es un elemento material pero tampoco es una cualidad extrínseca a la materia, podríamos decir que es el lugar donde la materia es y no es materia. Según Laín Entralgo (1908-2001),la inteligencia humana no emerge del cerebro de un australopiteco mutante, sino que todo lo que había de ser la especie homo sapiens (el genoma específico del ser humano) se constituyó de manera novedosa, como estructuras cualitativamente nuevas, a partir de otras en las que en modo alguno estaban incluidas como existentes, pero sí como meras posibilidades. Como ya dijéramos, la evolución del cosmos incluye el azar pero con un sentido a posteriori, la constitución de sucesivos niveles estructurales de realidad van apareciendo por azar, pero nunca de la nada, de tal manera que el cuerpo poseedor de un cerebro humanamente inteligente se constituyó a partir de una anterior ordenación de la materia. En definitiva, en la materia está recogida como germen la posibilidad de lo inmaterial, como una construcción o estructuración novedosa de la misma. Por ello a este tipo de emergentismo se le denomina Estructurismo, y no es ateo porque presupone la intervención divina en la cualificación de la materia originaria (la evolución tiene un sentido, no se realiza al azar, contradiciendo las propias tesis evolucionistas).

martes, 24 de marzo de 2009

Diálogo intercultural


Los investigadores del Proyecto Genoma Humano han descubierto que los seres humanos son muy semejantes entre sí y tienen extraordinarios paralelismos con el resto de los organismos vivos. La palabra “genoma” es una contracción de “gen” y “cromosoma”. Designa el conjunto de los cromosomas contenidos en el núcleo de una célula. El genoma dirige el desarrollo natural de las especies vivas, desde el huevo hasta la muerte. El cuerpo humano tiene aproximadamente 100 billones de células, cada una contiene dos series completas del genoma, con sus 23 pares de cromosomas (excepto los óvulos y los espermatozoides que tienen una copia de cada uno, y los hematíes, que no tienen ninguna). Cada cromosoma está constituido por un par de larguísimas moléculas de ADN (ácido desoxirribonucleico), una doble hélice con los genes. Una serie procede del padre y otra de la madre.
Nuestros rasgos morfológicos y nuestras disposiciones y aptitudes innatas dependen de esa combinación. Cada serie comprende entre 80.000 y 100.000 genes. La cadena de ADN es análoga a una larguísima cadena de letras dispuestas en un orden preciso, una memoria heredada como un programa de desarrollo, funcionamiento y extinción. Los investigadores calculan que contiene ni más ni menos que siete mil millones de letras que surgen de la combinación de tan solo cuatro: G, C, T y A, iniciales de las moléculas Guanina, Citosina, Timina y Adenosina. Estas letras se reúnen por pares definiendo un nucleótido –compuesto de una base nitrogenada, un azúcar y ácido fosfórico-. La suma de varios de ellos conforma un gen. Cada tres pares definen uno de los 20 aminoácidos existentes. Una combinación variable de aminoácidos da lugar a una proteína, expresión de un gen...
Pues bien, de los 3.120 millones de datos que componen el “libro de la vida”, los científicos han encontrado que el 99,8 % son idénticos para todos los seres humanos. El famoso investigador Craig Venter –genio de la compañía Celera Genomics- utilizó este dato para denunciar la estupidez de los intentos de discriminar a las personas por su “raza”, su etnia o su sexo: “El criterio de raza no tiene bases científicas. En los cinco genomas que hemos descifrado no hay modo de diferenciar una etnia de otra”
No es pues la naturaleza, sino los prejuicios, las costumbres, la lengua, la cultura, el miedo o el odio, lo que nos separa a los seres humanos. “No hay nada natural en las naciones y las diferencias a las que apelan los nacionalistas sólo aparecen como significativas en determinados contextos sociales, cuando no son deliberadamente manipuladas o inventadas” (Manuel Toscano). “El nacionalismo halaga nuestros instintos tribales, nuestras pasiones y prejuicios, y nuestro nostálgico deseo de vernos liberados de la tensión de la responsabilidad individual que procura reemplazar por la responsabilidad colectiva o de grupo” (Popper).

Los conflictos etnoculturales son la principal causa de desestabilización y violencia política en el mundo. ¿Cómo conciliar la diversidad de culturas y la unidad del hombre? ¿Cómo es posible una sociedad justa y libre bajo las condiciones de un profundo e irresoluble conflicto cultural?
Las dos respuestas extremas que la filosofía, la antropología o la sociología han dado a esta pregunta resultan insatisfactorias.

1. De un lado, está el relativismo. Para el relativismo, cada cultura inventa o descubre sus propios criterios de lo que, para ella, es verdadero, bello, justo o bueno. Cada cultura tiene su propia alma (Spengler), y no hay manera de valorar o juzgar a partir de una única referencia, ni debemos “clasificar” las culturas como mejores o peores, más avanzadas o menos, más civilizadas o más salvajes y primitivas. Para un relativista consecuente, lo mismo valdría el humanismo cristiano, un soneto de Shakespeare, una sinfonía de Mozart, una sesión de budú, una danza guerrera o la ablación ritual del clítoris de las jovencitas; cuando juzgamos una costumbre o una creación cultural como mejor que otra, caemos irremediablemente en el etnocentrismo.
Del relativismo suelen derivarse consecuencias éticas importantes, como la obligación de respetar la diferencia, incluso si ésta nos resulta exótica, extravagante o moralmente repulsiva, pero también un pluralismo cultural que nos condena al malentendido y la incomunicación con los otros.

2. Por su parte, el universalismo pretende aplicar los mismos principios de conocimiento y de valoración a todas las culturas, identificando sus similitudes más que sus diferencias, con el riesgo de juzgar otras culturas desde el metro o prisma de los propios valores, que suelen ser el discutible disfraz (ideológico) de indiscutibles intereses.

Otra fórmula más refinada de universalismo aspira a objetivizar la descripción del otro, desde la postulación cientifista de un saber –la ciencia etnológica o cualquier otra- que estaría más allá del bien y del mal, y más allá de la propia cultura de la que, sin duda, también depende.

En nuestra época se crean grandes espacios económicos, se dibujan grandes conjuntos políticos. Vivimos en una época en que las multinacionales y el capital –y sus crisis- traspasan las fronteras y en la que, al mismo tiempo, se multiplican los museos lugareños, los eslóganes de paraísos provincianos. Prolifera el nacionalismo, así como las referencias nostálgicas a las más minúsculas identidades locales, mientras que, paradójicamente, las sociedades reales aparecen cada vez más homogéneas y sumisas a los efectos mediáticos. En todo el mundo se baila al son de la "Macarena", con pantalones vaqueros mientras se bebe cocacola...

La misma diferencia es objeto de compra y venta. Se simula y reinventa como una mercancía de consumo o un souvenir. Como el mundo es aproximadamente un globo y las comunicaciones pueden ser prácticamente instantáneas, el resultado inevitable será la globalización, con fenómenos como la deslocalización de industrias que buscan mano de obra barata, o el de la creciente inmigración (o emigración), favorecida por el desarrollo de los sistemas de transporte o por las extremas desigualdades, el espejo televisivo de la opulencia de los unos y la desesperación y la miseria de los otros.

A una época en que todavía existían el “bárbaro” y el “salvaje” ha sucedido otra en que, habiéndose convertido la Tierra en lo que siempre ha sido, pero considerablemente encogida, el viaje exploratorio se acaba y empieza el turismo. Lo único que se puede hacer es dar una vuelta a un terreno virtualmente conocido, previa y espectacularmente mostrado.
El problema del conocimiento del Otro se manifiesta como el problema de la comunicación entre diferentes culturas. Entre el mestizaje del mundo y la individualización de las conciencias, la cuestión es la de la comunicación intercultural. ¿Es la comunicación entre culturas posible, en razón de una unidad de la especie humana que permitiría la existencia de esquemas universales, necesidades comunes, valores transculturales? ¿O es imposible que las culturas se entiendan, en razón de una casi incomunicabilidad de las culturas? ¿Es inevitable el "choque de civilizaciones"? “El universalismo opta por la primera solución, el relativismo absoluto opta por la segunda, pero tiene pocos defensores” (Georges Balandier).
Europa descubrió la otredad en 1492, cuando Cristóbal Colón llegó a América. En una época en que el cristianismo constituía la ideología totalitaria de Occidente, los indios americanos no eran cristianos y ni siquiera podrían haberlo sido sin haber conocido a Jesús y los Evangelios. Las sociedades occidentales “resolvieron” históricamente el problema del Otro mediante su exterminio, y/o mediante su colonización: su conversión y su asimilación culturales. Mucho más tarde, el relativismo hizo bien en denunciar el universalismo ideológico que se esgrimió históricamente para justificar la depredación y la explotación. Pero la solución universalista tal vez no sea del todo descabellada si, en vez de partir de la unidad como un hecho, se consideran las diferencias, no como factores de separación, sino como manifestaciones múltiples de una unidad del hombre, no dogmáticamente postulada, sino progresivamente descubierta y hasta inventada o consensuada. A fin de cuentas, aunque desde el punto de vista de sus actitudes la unidad cultural del hombre sea una falsedad, igualmente evidente parece su fundamental unidad natural, aptitudinal.
El diálogo intercultural, presidido por una voluntad ética y política de integración, es preferible al concepto de sociedad pluricultural o multicultural, que puede servir de coartada para una ideología del ghetto y de la exclusión. Así, ciertos ideólogos ultraderechistas o xenófobos pueden reconocer que respetan las otras culturas, siempre y cuando los otros se queden en su contexto, en su nicho cultural, en sus miserables y empobrecidos países de África o Asia. Como ha escrito José Rubio Carracedo: “El multiculturalismo es un triunfo de la tolerancia, pero un fracaso de la convivencia sociocultural. El multiculturalismo propicia que las diferentes nacionalidades o grupos étnicos se agrupen formando núcleos homogéneos, al modo de un mosaico multicolor, en el que falta verdadera comunicación e interacción entre los diferentes grupos humanos. El respeto y el reconocimiento mutuo es sólo un primer paso para la fase de intercambio e intercomunicación, que conduce directamente a la auténtica meta del pluralismo sociocultural. La solución no es el mosaico plurinacional, sino el pluralismo sociocultural”.
A este respecto, el modelo étnico de nacionalidad –lo estamos viendo todos los días- socava el universalismo propio de la ciudadanía democrática, que desde el siglo XVIII es asumido por el constitucionalismo liberal. Dudamos que los derechos humanos puedan considerarse, tal y como ha hecho cierto relativismo extremoso, como un valor occidental, etnocéntrico, inexportable a otras culturas. Por el contrario, el respeto a los derechos humanos constituye la garantía de la autonomía individual sin la cual no es posible ningún proceso de diálogo entre culturas. No se olvide que son en todo caso los recreadores individuales y concretos de una cultura los que pueden dialogar; los emisores y receptores son en todo caso personas de carne y hueso, no entidades abstractas.
El culturalismo, el énfasis exagerado en las señas de identidad diferenciadas, suele fijar y sustancializar indebidamente peculiaridades dinámicas, desvía la atención de los aspectos problemáticos, inestables o dialécticos de la cultura, de las diferencias y tensiones internas de lo social (opresores y oprimidos dentro de una misma cultura). El culturalismo oculta el carácter inestable, relacional y dinámico de la personalidad individual y de su forma peculiar de apropiarse la cultura. El respeto a las diferencias puede así acabar degenerando en el segregacionismo y el aislamiento de aquellos a quienes se etiqueta por su lengua, su color de piel o sus costumbres.
Aunque probablemente el primer universalismo fuese budista, la idea de humanitas (humanidad en general) se consolidó en la cultura grecorromana y cristiana, con las “humanidades”; retórica, gramática, dialéctica, literatura, moral, etc. Continuando esa misma tradición, el “derecho internacional” (una creación hispánica) y los derechos humanos consolidados por la revolución francesa, son el gran legado moderno de Occidente a la humanidad, no como hechos consagrados, desde luego, sino como metas reguladoras en la práctica, como ideales del diálogo constructivo y como canon para la resolución del conflicto intercultural. En los derechos humanos se resumió y trascendió el cosmopolitismo grecorromano (de raíz socrática y estoica) y el sentido cristiano de la dignidad personal. Ellos mismos no constituyen más que un punto de partida que debe ser a la vez realizado, promocionado y ampliado desde perspectivas ecuménicas y seculares.
Sin el reconocimiento, por todos los interlocutores, de universales culturales, éticos a la vez que políticos, tales como los derechos humanos –y las obligaciones que de ellos se derivan-, en tanto que utopía irrenunciable, el diálogo intercultural carece de posibilidades y de sentido, pues no se verá libre de coacción un diálogo que no se practique en virtud del respeto a la dignidad del prójimo (próximo).


Bibliografía consultada
-Fernando Ayuso. “El libro de la vida”, Muface, nº 180, 2000.
-K. Popper. La sociedad abierta y sus enemigos, Paidós, Barcelona, 1982.
-Revista de Occidente. El otro, el extranjero, el extraño, Enero 1993, nº 140.
-José Rubio Carracedo y otrs. Ciudadanía, nacionalismo y derechos humanos, Madrid, 2000.

Texto para comentar:
LA ÉTICA COMO CREACIÓN TRANSCULTURAL, UNIVERSAL Y TRASCENDENTAL

«La ética es inmoral. Para explicarlo tengo que comenzar con una advertencia terminológica. Entiendo por "moral" el sistema normativo de una sociedad. Es una creación cultural, y hay tantas morales como culturas. Hay morales cristianas, budistas, musulmanas, confucianas, taoístas, marxistas, neoliberales, nazis. Las morales se mantuvieron estables mientras las sociedades se mantuvieron estables. Pero el contacto con otras culturas, la aparición de nuevos problemas, el surgimiento de una inteligencia cada vez más crítica, la influencia de grandes maestros espirituales, que fueron todos ellos renovadores de una tradición dada, mostraron su fragilidad. La tradición no basta para fundar un sistema normativo, en un mundo cambiante. El préstamo de dinero con interés, que estuvo moralmente prohibido en la Edad Media porque se consideraba usura, fue aceptado por el cristianismo cuando cambiaron las estructuras económicas, y en la actualidad hasta el Vaticano tiene un Banco. La menstruación se consideró durante siglos una impureza, hasta el punto de que una mujer durante ese período no podía tocar los ornamentos eclesiásticos. Cuando se conocieron sus mecanismos fisiológicos, cambió la evaluación. Durante siglos se prohibió que los hijos naturales pudieran acceder al sacerdocio, hasta que se comprendió la injusticia de tal disposición.
La sensatez fue imponiéndose muy poco a poco. De la misma manera que en campo jurídico hubo que inventar unas normas más allá del Derecho de cada nación para poder comerciar entre naciones, y así apareció un derecho de gentes, también se fueron seleccionando algunas de las normas de comportamiento que resultaban válidas en todas las culturas. Fue fácil encontrar reglas comunes: matar, robar y mentir son acciones consideradas generalmente malas en todas las sociedades. Pues bien, llamo ética a esa moral transcultural, universal.
La ética fue consolidándose, y se hizo con frecuencia inmoral, es decir, tuvo que negar la validez de algunos principios morales. La lucha contra la discriminación, contra la tiranía, contra la esclavitud, contra el carácter sagrado de los reyes, tuvo siempre que enfrentarse a mitos de legitimación implantados en la moral de una sociedad. La ética –resultado de esa tarea renovadora- constituye un gran progreso del existir humano... Un modelo ético de inteligencia aprovecha, purifica, sitúa en su propio lugar, tanto la lógica profana como la lógica sagrada, tanto la ciencia como la religión, tanto las verdades privadas como las verdades intersubjetivas. La ética es la encargada de redactar las constituciones que legitiman ambas ciudadelas. Está por ello más allá de lo profano y lo sagrado»

José Antonio Marina. Dictamen sobre Dios, Anagrama, Barcelona, 2001, pag. 184-5

1. Explique por qué distingue Marina lo moral de lo ético.
2. ¿Por qué la ética tiene una condición trascendental?
3. ¿En qué sentido es correcto hablar de la universalidad de la ética?
Cuestiones
1. ¿A qué retos se enfrenta hoy la filosofía política? (cfr. Manual 3.4.2, pg. 71) ¿Tiene uno de ellos que ver con el pluralismo cultural? ¿Por qué?
2. ¿Por qué el racismo o la xenofobia carecen hoy de fundamento científico?
3. ¿Cuáles son los peligros del relativismo cultural? Cfr. Manual 6.5. (pg. 129).
4. ¿Qué objetivos se propone el interculturalismo? Distíngalo del multiculturalismo.
5. ¿Es mala la globalización? Ventajas e inconvenientes.
6. ¿Por qué, según Adela Cortina, el problema no es tanto la xenofobia sino la "aporofobia"? (Cfr. tx. pg. 130).
7. ¿Es el nacionalismo incompatible con el cosmopolitismo? ¿En qué sentido?

martes, 17 de marzo de 2009

La cultura


La cultura es un atributo específicamente humano. Sólo en un sentido analógico se puede hablar de la “cultura de los chimpancés”. Aunque en ciertos animales superiores se pueda hablar de formas protoculturales, como hábitos aprendidos, es exagerado hablar, propiamente, de cultura. Porque puedan armarse con una caña para cazar termitas, amenazar a un pariente con una rama, o lavar frutas en un arroyo, los chimpancés no son "cultos", no deben ir a la escuela, cumplir normas complejas, ni tienen historia, a no ser que llamemos "historia" a su evolución natural.

El filósofo pesimista Ciorán definió al ser humano como un animal simbólico, porque no nos relacionamos directamente con la naturaleza, sino a través de un intermundo cultural de símbolos y signos, de instrumentos y técnicas, que nosotros mismos hemos inventado y forjado en el transcurrir de la historia.

Cultura es –prima facies- todo aquello en que el humano ha depositado una intención finalista o significativa.

La cultura es pues un producto específico y dinámico de la inteligencia y la voluntad de los humanos. Y la variedad de culturas es una prueba de nuestra espontaneidad creadora, de nuestra inventiva y de nuestra libertad.

Vamos a distinguir cuatro sentidos de la palabra “cultura”.

1. En sentido antropológico general, naturalista, la cultura es una formidable maquinaria de adaptación y supervivencia exclusivamente humana que tiene, frente a la mutación y la recombinación genéticas que son propias de la evolución natural, la ventaja de poder progresar más rápidamente y de poder ser en parte dirigida.
Así, a la memoria biológica y a los impulsos innatos, inserta y derivados de nuestro código genético, se suma así, con más o menos armonía, una memoria social, de saberes, instrumentos, pautas de comportamiento aprendidas… una cultura o memoria social que ha de ser transmitida, interiorizada y recreada de generación en generación, pues nadie nace aprendiendo y la cultura no pervive si no se la recrea aplicándola a nuevas circunstancias. Desde que se inventó la escritura (culturas históricas) la cultura es acumulable, pero también revisable.

2. En sentido antropológico fáctico, como un hecho más del mundo en el que vivimos, la cultura es una interpretación humana de la realidad (cultura mental) o un conjunto de procedimientos que nos permiten controlar el medio natural, y a nosotros mismos en tanto seres genuinamente naturales, pero conformados e informados como estamos por símbolos, doctrinas, ideologías, creencias, prejuicios, filosofías, ciencias, técnicas, industrias, artes y artesanías, costumbres, tradiciones, modas…
Frente a los seres naturales, los enseres, cacharros, artefactos, instituciones, industrias, empresas, medios de comunicación y de transporte, obras de arte, muebles, edificios, cubiertos, ropas, accesorios (útiles o inútiles)… constituyen la cultura material.
Todos estos medios, instrumentos y objetos fabricados por el hombre, han alterado y están alterando fundamentalmente la faz natural del planeta Tierra. Por tanto, hay que tener en cuenta que la “naturaleza”, que es el soporte en el que también habitamos y del que nos nutrimos, ya no es comprensible sin ese intermundo de objetos artificiales. El cuidado de la naturaleza es ya también una empresa cultural.

3. En sentido ideal, propiamente filosófico y utópico, la cultura es un repertorio de posibilidades que amplía hasta el infinito los fines biológicos de supervivencia y adaptación propias de la especie animal que somos. No sólo queremos vivir, sino que queremos vivir felices y dignamente. Es el mundo de los valores culturales, de los proyectos más nobles y ambiciosos de la especie humana, de las ideas-fuerza reconstruidas una y otra vez en diálogo interminable entre los vivos y los muertos, cuyos registros perviven en los textos clásicos y las obras de arte.
A este respecto, son tres los principales proyectos de la Cultura con mayúsculas:
a) La búsqueda de la Verdad, objetivo principal de la ciencia.
b) La representación de la Belleza, principal fin del arte.
c) La realización de la Justicia, principal meta de la política.
La cultura adquiere así, como ideal, un sentido finalista, se abre hacia un mundo nuevo, sobrepuesto al natural, y trascendente, en el que todo tiene que ser inventado y en el que el humano se refina y perfecciona según la particular idea que tiene de su superior dignidad y según sus ilusiones más razonables o realizables.
Estos valores de la ciencia, del arte y de la democracia distinguen una verdadera civilización de una mera cultura.

4. Por último, y en un sentido personal, la cultura es ese proceso de formación e información, educación e instrucción, socialización y aprendizaje, mediante el cual el individuo humano, toma posesión de sí mismo, adquiere una personalidad a la vez que se eleva a lo general, siendo capaz de asumir el punto de vista de los otros.
Ser cultos nos hace por ello más libres, pero también más conscientes de nuestras limitaciones, pues como sujetos culturales, nos observamos también como un producto natural y cultural.
Así, cultivarse, hacerse culto, es un proceso de talla interior y de diferenciación creciente, mediante el crecimiento del propio mundo simbólico y por enriquecimiento de la propia intimidad.

Ejercicios
1. Distinga -aplicando la ontología  de los tres mundos de Popper- entre cultura material, mental y espiritual.
2. ¿Evoluciona la cultura? ¿Qué fuerzas o causas pueden forzar un cambio cultural?
3. Los cambios culturales, ¿suelen ser a mejor o a peor?, ¿es usted conservador o progresista?, ¿innovador, revolucionario, reformista o tradicionalista?, ¿neófobo o neófilo? Explique y argumente sus respuestas.
4. ¿Qué entendemos por "subcultura" y "contracultura"? Ponga ejemplos. ¿La cultura es un producto de los individuos o los individuos son un producto cultural?
5. Distinga entre cultura y civilización. ¿Es lo mismo socialización que aculturación?
6. Distinga el etnocentrismo del relativismo cultural. ¿Por cuál de las dos soluciones apuesta usted?
7. ¿Es lo mismo el interculturalismo que el multiculturalismo?
8. ¿Es posible un universalismo cultural? ¿Es conveniente? ¿Qué condiciones, ideales o valores culturales podrían ser universalizables?
9. ¿Nacionalismo o cosmopolitismo?
10. Distinga entre cultura y educación, y entre educación y propaganda. ¿Está nuestra cultura dominada por la propaganda y la publicidad?

jueves, 12 de marzo de 2009

Neotenia

"El humano es humano completo cuando juega"
F. Schiller. La educación estética del humano

El humano se diferencia de sus parientes más próximos (los grandes monos póngidos) tanto por diferencias anatómicas (dentición, forma de manos y pies, bipedismo, desarrollo del cerebro, tracto supralaríngeo que premite articular palabras), como por el comportamiento (simbólico, consciente, inventivo, proyectivo, intencional, comprometido... lúdico).


Una propiedad específica importante señalada por biólogos y etólogos es la capacidad para la risa, el humor y el juego. La risa aparece en el ser humano en el tercer o cuarto mes de la vida y, al parecer, es una curiosa derivación del llanto. Aparece cuando la madre comienza a jugar con el hijo, y éste ya la ha individualizado mediante una impronta o apego especial.

Esta capacidad para el juego, también se da en otros cachorros "no humanos", asociada necesariamente al aprendizaje, pero la característica específica del juego humano es que puede disociarse del aprendizaje y prolongarse como actividad placentera durante toda la vida... Mientras hay vida propiamente humana, hay juego.

Esto está relacionado con la neotenia del ser humano. La palabra "neo-tenia" viene del griego "neo" , joven, y del verbo "teineîn", extenderse. El término describe la inhibición o retardamiento de la adquisición de caracteres adultos en las especies vivientes: su pedomorfismo (forma de niño). Aunque el término fue utilizado ya a finales del XIX, ha sido el famoso biólogo Stephen Jay Gould -recientemente fallecido- quien ha sostenido en el siglo XX que el humano se distingue del chimpancé precisamente por sus rasgos de neotenia, lo cual nos permite seguir aprendiendo y adquiriendo nuevos hábitos durante toda o casi toda nuestra vida. Por su parte, el etólogo y antropólogo Desmond Morris ha relacionado la neotenia con ciertas gozosas sensaciones de los adultos de nuestra especie, v. gr., el sentirse protegidos o queridos como "hijos de Dios" (The Nature of Happiness, 2004).

Eugenio d'Ors, importante filósofo y escritor español del XX, definió al humano como "el hombre que trabaja y juega". También somos el animal que ama, que transforma sus apegos de mamífero y sus impulsos sexuales en un vínculo imaginativo y moral. Pero lo que importa ahora es recordar que el filósofo catalán percibió el origen lúdico de la ciencia y del arte. En su origen: el arte y la ciencia no son más que "juegos serios", "juegos de mayores", lúdicos ejercicios de la imaginación creadora.

La vida, en general, y la vida humana en particular, no es sólo un fenómeno de utilidad y adaptación de ciertas formas, metamorfosis evolutiva. Puede que -como escribió Ortega, haciéndose eco de ciertas propuestas histórico-biológicas de su época- "todos los actos utilitarios y adaptativos, todo lo que es reacción a premiosas necesidades, son [sean] vida secundaria. La actividad original y primera de la vida es siempre espontánea, lujosa, de intención superflua, es libre expansión de una energía preexistente" ("El origen deportivo del Estado", OO. CC. II, p. 609).

Bibliografía
José Luis Suárez Rodríguez. Lúdica. Esencia y formas del pensamiento lúdico, Apis, 1991.

lunes, 9 de marzo de 2009

El Nombre de los Silogismos


La teoría del silogismo categórico, “uno de los más hermosos descubrimientos del espíritu humano” (Leibniz), es un sistema fijado por la tradición, deudor de la lógica de Aristóteles, la dialéctica medieval y el pensamiento moderno. Después de la fundación de la lógica matemática, aún se ha estudiado y sistematizado esta teoría, en relación con las otras lógicas asertóricas, y con la modal y temporal.

Jan Lukasiewicz (Elementy logiki matematycznej, Varsovia, 1929) reelaboró la teoría del silogismo con las técnicas de la nueva lógica, mediante dos tesis básicas de identidad para A (universal afirmativa) e I (particular afirmativa), dos equivalencias definitorias de las proposiciones categóricas negativas, E, O; y dos modos silogísticos primitivos: Barbara y Datisi, a los que reduce todos los demás, así como las inferencias inmediatas, tanto las basadas en las relaciones de oposición (contradictoridad, contrariedad, subalternación y subcontrariedad) como en la doctrina de la conversión.