martes, 28 de abril de 2020

BICHOS SOCIALES Y FILÓSOFOS



Termitas atacando un almez. Reticulitermes lucifugus.

Laboriosidad de las hormigas y república de las abejas

Las termitas, aunque son insectos sociales, no han despertado el mayor interés de los filósofos, ¡y eso que son los insectos sociales más antiguos de la Tierra! De los himenópteros sociales (avispas, abejas y hormigas), las hormigas fueron las últimas que aparecieron. Hormigas y abejas fascinaron siempre a la mente curiosa por sus obras colectivas. Las primeras fueron muy alabadas por sus virtudes en la Antigüedad, por Aristóteles y por Plinio, que les dedica un capítulo entero de su Historia natural. No obstante, Aristóteles le reprochó a su maestro Platón[1] haber ideado en su Politeía una ciudad más apropiada para insectos que para humanos, al haber eliminado de su utopía social la propiedad y la familia.

Platón sólo considera "sabios" (sophoi) a los pitagóricos y Pitágoras creía que en la metempsicosis o transmigración de las almas, las psiques de los sabios e inventores pasaban a encarnarse directamente en abejas. A Teofrastro (371-287), el discípulo predilecto de Aristóteles, se atribuyen varios tratados sobre las abejas y la apicultura, hoy perdidos. Su tradición fue retomada por Varrón, Virgilio y Columela. Virgilio hizo de las abejas criaturas comerciales: La colmena es “una animada fábrica” y las abejas son “ciudadanos mercaderes”. Según Plutarco, el emperador Trajano estudiaba el texto de Virgilio “para deducir de las abejas un modelo de vida civil”. Séneca comparaba la colmena con una monarquía benigna y aconsejaba a Lucilio que imitara la conducta de las abejas. El humanista J. L. Vives (1492-1540) amaba tanto a las abejas que colgó una colmena en el alféizar de su ventana en el College Corpus Christi de Oxford, por lo que éste pasó a llamarse popularmente “El colegio de las abejas”.

La hormiga, paradigma de laboriosidad en la fábula de Esopo, se volvió maléfica en la Edad Media a causa de su veneno y también, seguro, por su habilidad para introducirse y robar en cocinas y despensas. Kant, en su Geografía, afirma con horror que en el Congo se ven colonias de hormigas capaces de devorar una vaca o un hombre enfermo. Pero con la Ilustración nacerá la mirmecología, la ciencia de las hormigas, gracias a los naturalistas Gould y Réaumur. Se vuelve a admirar a las hormigas como modelo de organización del trabajo y se discute su organización política. Su aprecio depende de una renovada valoración positiva del trabajo, que la Edad Media había despreciado como actividad de villanos, a favor del aristocrático oficio de las armas, las letras, o del religioso oficio de la oración y la contemplación mística [2]. El siglo XIX, siglo del trabajo y la industria, admiró y convirtió en emblema la laboriosidad providente de la hormiga.

Los socialistas prefirieron a la abeja[3], que según Fourier es un modelo de armonía social, mientras que los machos, zánganos en español y en inglés drones, son un ejemplo negativo de parasitismo social y gandulería. Las avispas por su parte representan la astucia rapaz, pues intentan apropiarse del trabajo ajeno. Fourrier las confunde con los abejorros y Saint Simon asimila la oposición abejas/avispas a la del trabajo productivo/parasitismo.

Se creyó que las abejas formaban una república (A. Paré) gobernada por un rey. Hasta el XIX no se descubrirá que en realidad es una reina la que ocupa el vértice de la jerarquía apical. Porque colmenas y hormigueros son sociedades jerárquicas, con clases. Celso ya señaló que estos insectos sociales poseen un lenguaje propio, pero fue el etólogo austríaco Karl R. von Frish (1886-1982), premio Nobel, quien descubrirá y estudiará en la danza de las abejas el ejemplo más notable de comunicación animal. Después de él, los lingüistas han descubierto diversidad de “dialectos” de las abejas, cada raza el suyo.

Ilustración de Edward Detmold para la edición de 1924
de La vida de las abejas de Maurice Maeterlick

Si hormigueros y colmenas funcionan es porque hay en estos insectos –se especulaba- un “sentido de la justicia”, sentido de las normas morales e incluso de las religiosas. De este modo, la abeja simboliza, además de la laboriosidad, la familia y la honestidad. En España tuvimos la ubicua abeja de la desaparecida y controvertida empresa Rumasa. 

Nadie ha escrito tan poéticamente sobre la vida de las abejas y de las hormigas como M. Maeterlinck, insectos a los que atribuye el totemismo: el tótem de unas y otras es el espíritu de la colmena o del hormiguero. En La vida de las abejas (1901) afirma que el genio de las abejas, su dios, es el porvenir. La abeja individual se sacrifica por el bien de la futura descendencia. Observa que cuanto más organizada es una sociedad, más limitada es la libertad de sus individuos. Las “vírgenes laboriosas” renuncian al amor y la procreación, a cambio de seguridad doméstica, económica y política. Como el romántico Maeterlinck era amante de la libertad individual, nos previene ante esta “perfección” que absorbe a la persona en nombre de la república y la sacrifica en el altar de la ciudad abstracta e inmortal del porvenir. Es una prefiguración de la Metrópolis de Fritz Lang (1927), fantasía en la que los obreros son vistos como abejas trabajando en celdas y donde ha desaparecido la voluntad personal en el caldo del Espíritu de la colmena, título que Víctor Erice tomó del libro de Maeterlinck para su estupenda película de 1973.

Hubo también en la Antigüedad filósofos que restringieron los méritos de los insectos sociales, como Orígenes (184-253), teólogo cristiano para el cual esos animalillos actúan por imitación de los racionales o por simple instinto, y por eso –dice Pascal, ya en el barroco- repiten invariablemente el mismo trabajo, no inventan, construyendo los mismos hexágonos desde hace miles de años. 

Para Hobbes el carácter político de su organización es ilusorio, porque el acuerdo de estas criaturas es natural, mientras que el acuerdo (contrato) de los hombres es artificial. Por eso, explica Gobineau, no hay en sus sociedades revoluciones sociales, sino meros cambios de soberanos. En El Capital, Carlos Marx traza una distinción neta entre la industria animal y el trabajo humano: “lo que distingue al peor arquitecto de la mejor abeja es que el arquitecto eleva su edificio con la imaginación antes de erigirlo en la práctica”.

Sociobiología y eugenesia

Últimamente, también los sociobiólogos han presentado estas sociedades de insectos como modelos para el hombre. En 1975, el entomólogo E. O. Wilson (Harvard) ensayó la reducción de todo comportamiento social –incluido el humano- a su base biológica, determinada genéticamente, privilegiando el estudio de los insectos sociales para comprender mejor las sociedades humanas. Los genes gobiernan los caracteres biológicos manifiestos (fenotipos). La selección natural reproduce los más ventajosos, que formarán una “élite de genes”. No se trata de la grosera “lucha a muerte” que enarbolan ideológicamente ciertos darwinistas sociales. El comportamiento social introduce un elemento de cooperación que hay que explicar desde la economía de los genes a medio y largo plazo. ¿Hay genes altruistas, que se sacrifican para que sobrevivan sus congéneres? ¿Por qué lo hacen?

P. O. Hopkins recurre a las abejas: las estériles se ocupan de sus hermanas porque comparten con ellas tres cuartas partes de sus genes, dado que el macho de la abeja, el zángano, es haploide, mientras que sólo comparten la mitad de genes con las crías. Por tanto, las “obreras” no sirven a la reina, sino a sus hermanas. Por supuesto, hay que preguntarse cómo reconocen el parentesco. ¿Bioquímica?

Avispero de Polistes  sp., hecho con material parecido
al cartón a base de fibras vegetales masticadas y mezcladas con su saliva

El “gen egoísta” (título este de un famoso libro del biólogo R. Dawkins) no es tan egoísta, sino altruista respecto a sus parientes, pues comparte con ellos afinidades. El espíritu de sacrificio, según Wilson, está íntimamente enlazado a los lazos familiares[4], pero el gen es dañino respecto a los extraños: xenofobia, guerra, etc. 

La debilidad, o fortaleza, de estas teorías es que el animal, también el animal humano, desaparecen en beneficio del gen. El organismo viviente no pasa de ser como un robot, vehículo y soporte efímero de los verdaderos agentes de la evolución natural, que no es el individuo, ni siquiera el grupo social, sino los genes. El organismo viviente es para Dawkins una “máquina para sobrevivir”, un artefacto construido por el programa heredado en el ADN, un robot transitorio, que obra consciente o inconscientemente al servicio de la inmortalidad de sus “replicadores”: los genes. Esto lo tenemos en común con el resto de los animales. “Nosotros somos, como todos los demás animales, máquinas creadas por nuestros genes”, según Tennyson.

Armelle Bras-Chopard[5] comenta estas generalizaciones para señalar que están repletas de contradicciones. ¿De verdad son más aptos los que más se reproducen? ¿En qué sentido son mejores? ¿Es la capacidad para la crueldad una ventaja adaptativa? ¿El hecho de que se reproduzcan más garantiza la calidad genética de la descendencia? Si es el más apto porque sobrevive y se reproduce, entonces –deducimos- sobrevive y se reproduce porque es el más apto. ¿No se trata de una petición de principio o de una mera tautología carente de significado empírico? Lo peligroso es que estas teorías soslayan o ningunean la libertad y dignidad humana. 

No obstante, el punto de vista biológico parece científicamente incontestable: si nuestra civilización “sigue considerando la libertad y la dignidad humana como sus valores supremos, en lugar de su mera supervivencia, puede que sea otra la civilización que contribuya más al futuro”. Jean Rostand (1894-1979), biólogo, filósofo y académico francés, insistió desde una perspectiva, distante del racismo nacionalista, en el eventual deterioro del patrimonio hereditario de nuestra especie y la posibilidad de mejorarlo mediante la eugenesia negativa o positiva: "llegar a mejorar la especie humana suscitando modificaciones permanentes del patrimonio hereditario es un bello sueño para el biólogo" (El hombre, Alianza, Madrid 1981). La eugenesia negativa impide o dificulta la reproducción de los individuos capaces de transmitir malos genes o taras genéticas; la positiva favorece la reproducción de individuos capaces de transmitir buenos genes. Suprimir o reducir el derecho a la reproducción o imponerla es política totalitaria, pero también lo es la vacunación obligatoria, y hoy la aceptamos con naturalidad. Rostand reconoce que es extremadamente difícil tomar partido en el debate sobre la eugenesia: 
¿La ventaja que supone para la especie agotar las fuentes de malos genes, el ahorro de sufrimientos individuales realizado por la disminución de malnacidos, compensan la ofensa que tales métodos infligen a nuestro respeto de la persona y a nuestro sentimiento de libertad? Op. cit., pg. 155.
Según el biólogo y genetista estadounidense Hermann Joseph Muller (1890-1967), la política del "laisser reproduire" se encaminará suave pero fatalmente hacia la ruina biológica. Para remediarla, Vacher de Lapouge (1854-1936) ya proponía en el XIX la fecundación artificial, o sea, la sustitución de la reproducción bestial y espontánea por la reproducción zootécnica y científica, disociación definitiva de amor, voluptuosidad y fecundidad. El dominio de la reproducción por parte de una ingeniería genética tecno-científica supondría una selección, ya no natural, sino artificial, dirigida e intencional, en el sentido por ejemplo de una ampliación de las capacidades intelectuales humanas o de un mestizaje con la máquina, incluso la fabricación de una nueva especie más que humana o superhumana, tal y como proponen ciertas corrientes transhumanistas.

La sociobiología aspira a comprender cómo nos organizamos socialmente de acuerdo a la naturaleza que compartimos con los animales, no a la transformación genética de nuestra especie. No obstate, se ha visto en la sociobiología –y aún más en el darwinismo social- una justificación ideológica del status quo, entendiendo por tal los privilegios de una clase, una raza, un sexo, un genoma. El problema remite a viejas cuestiones filosóficas: ¿Hay que respetar las leyes naturales o no? ¿Hay que aceptar caer bajo “la garra sangrienta de la naturaleza” (Tennyson)? En este caso, si aceptamos que la caridad, la piedad, la compasión o la solidaridad (¿naturales o artificiales?) son en muchos casos contraproducentes y que no hay que dar ánimos ni ceder recursos a drogadictos, golfos y otros inútiles, quedará justificada la esterilización de los enfermos mentales o de aquellos cuyos genotipos incluyen defectos testables, taras hereditarias que condenarían a sus descendientes a una vida de sufrimientos y a una muerte prematura… El darwinismo social impone a la sociedad humana el yugo de la selección natural con su férrea “lucha por la vida”, asimilándola a una población animal en dirección a unos abusos intolerables éticamente, de los que la ideología nazi dejó un terrorífico recuerdo.

Herencia y cultura, genética y libertad, naturaleza y ética, han de encontrar una armonía posible. El mismo Dawkins, en El gen egoísta subraya la capacidad y el deber humano de superar la tiranía del gen construyendo instituciones sociales que cuiden de minusválidos, "diversos funcionales", enfermos y ancianos, algo que no puede producir la ciega evolución natural. Wilson se defiende, arguyendo que sí, que para él la herencia determina más nuestro comportamiento social que la cultura[6], pero que la justificación de las desigualdades en base a la excelencia genética es cosa de la nueva derecha ultraliberal y no una teoría de biólogos y entomólogos.

Armella le Bras-Chopard, en El zoo de los filósofos, pone de manifiesto los posibles efectos deshumanizadores de un modelo epidemiológico de explicación de la cultura: por ejemplo, Dawkins en Virus de la mente compara la religión a un parásito que vive a expensas de sus anfitriones con el único fin de aumentar la difusión de sus “memes” (análogo mental y psicológico de los genes). El antropólogo Dan Sperber compara las creencias con bacterias que se reproducen en una población. Tales explicaciones resultan inquietantes. Ni el animal ni el hombre ganan con el reduccionismo biologicista, al ser suplantados como agentes relativamente autónomos y dignos por la ceguera del gen o el egoísmo del meme.

  
 Notas



[1] De Platón se cuenta que, abandonado de bebé en las laderas del monte Ameto, las abejas depositaban miel en sus labios, como símbolo de su futura elocuencia. La miel fue desde antiguo símbolo de inmortalidad y placer.
[2] Una excepción sería la regla “Ora et labora”, que se atribuye a los benedictinos, ya en la baja Edad Media.
[3] La abeja, Apis, pertenece como la avispa al orden de los Himenoptera, sección Aculeata (hembras con aguijón), superfamilia Apoidea, superfamilia que abarca todos los insectos sociales o “políticos” con excepción de las termitas. Conviene indicar que la mayoría de especies de abejas y avispas no son animales sociales ni forman colonias o enjambres.
[4] Esto encaja muy bien con el Principio de benevolencia limitada desarrollado por Hume, en el sentido de que los afectos pierden fuerza cuando queremos extenderlos a los extraños y ganan fuerza entre semejantes.
[5] El zoo de los filósofos, Taurus 2003.
[6] K. Pearson, importante figura de la genética y la eugenesia: ningún rebaño degenerado se convertirá en una “riqueza pecuaria” sana por efecto de la educación y de unas buenas leyes.

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