Nuestra
aproximación a la Filosofía la hemos realizado hasta ahora desde aquella perspectiva que nos plantea interrogantes sobre lo que nos rodea. Hemos aprendido a preguntar por el mundo, a preguntar por lo que vemos y por lo que no, y a plantearnos si será posible abordar el estudio de todo lo que nos pre-ocupa o nos admira.
Cuando hemos propuesto que no todos los que han hecho o estudiado filosofía estaban de acuerdo sobre el
alcance y las posibilidades de este enigmático saber, sí que hemos visto que con la filosofía pretendíamos
alcanzar la verdad (por eso decíamos que el saber se definía por tener la suficiente justificación subjetiva y objetiva como para que el acuerdo racional fuera posible), aunque algunos mantuviesen que este objetivo es imposible (los
Escépticos, por ejemplo).
Esa es nuestra tarea, desvelar qué cosas forman parte de nuestra realidad, qué es lo más auténtico que hay dentro de nosotros mismos, cuál es el sentido que debemos darle a nuestra vida. La verdad está como una gran daga que nos atraviesa y por cuya herida sangramos conocimiento.
La
actividad de conocer y lo que alcanzamos, el conocimiento, se inicia por una actitud de
admiración ante lo que nos rodea que nos deja perplejos, sin respuestas, y que tiene como resultado
la inquietud por hacer preguntas, por dialogar hasta conseguir alcanzar la verdad.