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domingo, 7 de noviembre de 2021

LA DIFERENCIA HUMANA

En El origen del hombre (1871) Darwin dejó escrito que no hay “ninguna diferencia fundamental entre los mamíferos superiores en sus facultades mentales”. Son ya pocos los antropólogos y filósofos que abren un “abismo ontológico” entre la mente humana y la mente animal. No obstante, si las diferencias entre la inteligencia animal y la humana son de grado y ninguna de ellas es absoluta, lo cierto es que las diferencias de comportamiento entre los animales más parecidos a nosotros, los primates, y las costumbres humanas, son extraordinarias, aunque sólo sea por el hecho de que trabajamos y nos vestimos y que con nuestras capacidades y actuaciones ponemos en riesgo la propia supervivencia de la inteligencia en el planeta Tierra, con opción de provocar intencionalmente la extinción de nuestros parientes, o su conservación.

Entre el despiojamiento mutuo de los bonobos y el imperativo categórico kantiano, entre el canto del ruiseñor y una sinfonía de Mozart, entre las selvas y los trenes de alta velocidad, puede que no haya un “abismo ontológico”, pero sin duda hay una gran distancia de complejidad y sentido. Si la racionalidad ha dejado de ser una característica específicamente humana, bien porque hay racionalidad e inteligencia (al menos inconscia), en las acciones de los animales e incluso en los movimientos de hongos y plantas, bien porque el hombre no es tan racional como presume, entonces hemos de buscar otras características y propiedades que expliquen las diferencias entre la complicada vida civil de una gran urbe y la férrea y reiterada organización de un hormiguero o de una colmena.