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domingo, 13 de febrero de 2011

El mono cocinero

El regalo de Prometeo

Richard Wrangham, primatólogo y antropólogo de Harvard, sostiene que la principal transformación corporal de Homo habilis en Homo erectus, hace casi dos millones de años, estuvo relacionada con un cambio dietético provocado por el uso del fuego, ya que la modificaciones del tórax y el estrechamiento de la pelvis indican un tracto digestivo más reducido.

Al parecer, las artes culinarias acompañaron la evolución de nuestra raza. Podríamos decir que Cocinar hizo al hombre, citando el título de una obra del evolucionista español Faustino Cordón (1979).


El poeta Percy B. Shelley creía que el comer carne cocinada fue –nada más y nada menos- el origen de la tiranía, la superstición, el comercio y la desigualdad. Sus ideas influyeron en su esposa Mary Shelley, quien subtituló El moderno Prometeo, su conocida obra Frankenstein, en alusión al titán que le regaló el fuego al ser humano para que se protegiera, a causa de su escasez de recursos naturales: “el hombre estaba desnudo y descalzo y sin cobertura ni armas” (Platón, Protágoras, 321c).

En la novela de Mary Shelley, el monstruo creado por el doctor Frankestein se alimenta al principio de bayas, como si fuera un homínido primitivo habitante del paraíso terrenal, pero cuando encuentra una fogata abandonada por unos mendigos descubre los alimentos cocinados, y entonces se vuelve agresivo y despiadado...


Sin embargo, a pesar de este mito, el ser humano no está diseñado para sobrevivir a base de alimentos crudos, porque una dieta a base de éstos no puede garantizar un aporte energético adecuado (cfr. los experimentos de Corinna Koebnick). El alimento crudo no les hubiera bastado a nuestros antepasados para sustentar un voluminoso cerebro que consume entre un 20 y un 60% de las energías totales que necesita el cuerpo.

Nuestro organismo está habituado a las vituallas que pasan por los fogones, sean cocidas, asadas o fritas, porque la cocción nos permite absorber más azúcares y proteínas; por ejemplo, parece que la cocción incrementa un 40% el valor proteínico de los huevos de gallina, al quedar sus moléculas más expuestas a la acción de las enzimas digestivas.

El legendario antropólogo keniata Louis Leaky (1903-1970) creía que el lenguaje humano había aparecido como consecuencia de las sobremesas nocturnas, al calor de las hogueras, tras una comida en grupo. Una vez saciada el hambre, surgía la interacción simbólica… "¡Qué buenos “semos”, mientras comemos!"

Por su parte, Richard Wrangham cree que el comer alimentos cocinados liberó mucho tiempo para actividades creativas. Los chimpancés y gorilas tienen que pasarse la mitad del día masticando para poder alimentarse, mientras que los cocineros humanos podían pasar ese tiempo dedicados a actividades más productivas como la caza y la recolección, o más humanizadoras, como la conversación.

Si tanta importancia tuvo para nuestra especie el control del fuego, la preparación de los alimentos, así como el ritual del banquete ante la fogata, para explicar el proceso de hominización, es esencial saber cuándo “Prometeo nos regaló" el control del fuego…

Puede que los primeros homínidos practicaran el carroñeo al lado del forrageo (caza de presas pequeñas y recolección de frutos, hojas comestibles y raíces), como también hacen los chimpancés y babuinos, antes de hacerse cazadores cooperativos de presas grandes. Tuvieron que aprender a servirse de útiles para trocear los despojos de grandes animales, y el fundamental de estos útiles, también para espantar a otras bestias feroces o endurecer lanzas de madera, fue el fuego. ¿Cuándo empezamos los homínidos a usar el fuego para cocinar?

No es fácil responder a esta pregunta. Todos los prehistoriadores y paleoantropólogos están de acuerdo en que el fuego ha estado presente en la vida de los homínidos (cromañones o neandertales) en los últimos 250.000 años. Nuestros antepasados de esas edades no tenían problemas para hacer hogueras. Existen sin embargo yacimientos mucho más antiguos con trazas de fuego, piezas quemadas de sílex, manchones de hogares, madera carbonizada (Schöningen, hace 400.000). Se encuentran yacimientos aún más antiguos, pero fuera de Europa: cerca de la ribera del Jordán (Gesher Benot Ya’aqov, 790.000 años).

Otro problema muy de actualidad relacionado con este asunto del mono cocinero es si fue cocinero o cocinera. Hay quien piensa que la cocina impulsó una de las características distintivas de la sociedad humana: la división sexual del trabajo, y que en este escenario se liberó más tiempo libre para los hombres, pues las hembras se vieron atadas a la recolección, el cuidado de los hijos y a tener siempre lista una pitanza caliente para cuando regresaran sus compañeros de la caza. Es cierto que en las actuales –y cada vez más escasas- sociedades de cazadores, los varones consideran la cocina un trabajo femenino…

Según Wrangham, los hombres cazaban y se buscaban una mujer para que guardase los alimentos y la cocina. Un soltero las "pasaría canutas" pues no podría cazar, guardar los alimentos y cocinar. La mujeres habrían asumido las responsabilidades domésticas a cambio de un macho que las protegiera de otros machos y las representara socialmente. Así que el camino al corazón de los hombres pasaría por el estómago...

En cualquier caso, los humanos somos los primates que cocinan, las criaturas forjadas en la llama.

Lactasa y lactosa

Los alimentos disponibles condicionan nuestra evolución natural, que sigue todavía, aunque a un ritmo mucho más lento que la evolución cultural o tecnológica. Por ejemplo, se ha localizado la región del genoma humano que alberga el gen de la lactasa, que es una enzima que nos permite digerir la lactosa, el azúcar de la leche. Y se ha podido comprar que fue objeto de selección natural en las poblaciones agrícolas europeas y africanas productoras de leche.
En la mayoría de las poblaciones del mundo, los recién nacidos digieren la lactosa, pero tras el destete, el gen de la enzima se desactiva y aparece la intolerancia a la lactosa, y los adultos encuentran la leche indigesta y se vuelven lactófobos. Pues bien, un grupo de investigadores liderado por Sarah Tishkoff demostró en 2006 la rápida evolución del gen de la lactasa en las poblaciones de ganaderos lecheros del este de África. Esos cambios constituían una respuesta adaptativa a las nuevas prácticas de subsistencia.

El padre sol nos nutre  

Lo mismo sucede con el relativamente rápido decoloramiento de la piel. Se cree que nuestra especie (homo sapiens) emigró de África y se extendió por todas las latitudes hace unos 60.000 años. Al emigrar de sus asentamientos tropicales, los humanos vieron disminuir la radiación ultravioleta que recibían del sol. Esa radiación es imprescindible para que el cuerpo sintetize un nutriente esencial, la vitamina D. En los trópicos hay radiación de sobra y la piel se protege de las quemaduras mediante la abundancia de melanina, que le da ese color más o menos oscuro, que llamamos "negro". Pero en altas latitudes, los rayos del sol escasean. La necesidad de vitamina D favoreció la evolución hacia colores de piel más claros (o transparentes), a fin de que penetraran con más facilidad las radiaciones ultravioleta hasta los capilares sanguíneos... Así, los niños de piel más clara tendrían menos propensión al raquitismo y más posibilidades de sobrevivir y reproducirse abundamente, transmitiendo a sus numerosos descendientes la configuración genética de la piel clara, en unos pocos miles de años (casi nada en el orden temporal de la evolución biológica), la piel de toda la población se esclareció...

Bibliografía

Arajamaa, Olli & Vuorisalo, Timo. "Genes, cultura y dieta". Investigación y ciencia, junio 2010.

Mario García Bartual. “Criaturas de la llama. De cómo cocinar nos hizo humanos”. Muy Interesante, nº 349.

Robert J. Blumenschine y John A. Cavallo. “Carroñeo y evolución humana”, en Los orígenes de la humanidad. Investigación y Ciencia. Temas 19, 2000.

Jonathan K. Pritchard. "Genética de la evolución". Investigación y ciencia, Octubre 2010, pgs. 15-21.
Richard Wrangham. Catching Fire. How cooking made us human, 2009.

martes, 20 de octubre de 2009

NATURALEZA Y CULTURA: EL ORIGEN DEL SER HUMANO

¿Cuál es la primera pregunta que trata de contestar la Filosofía? Según hemos introducido parece ser que es la cuestión del origen y del sentido del Cosmos la que da inicio al pensar racional o Logos. Frente al mundo azaroso de los Mitos, el ser humano necesitaba (y sigue necesitando) aportar seguridad a su mundo, encontrar una explicación permanente de los cambios que observaba. Pero de nada nos serviría fijar ese origen del Cosmos si primero no nos situamos a nosotros mismos dentro del engranaje que vamos a desentrañar. Hemos de comenzar, pues, la tarea filosófica por situar nuestro origen.
La especial constitución del ser humano, según recogían ya los Mitos (recordemos el Protágoras platónico), revela que no somos en nada parecidos al resto de seres vivos. Nuestro componente biológico-natural está reducido a la mínima expresión, por ello algunos autores han negado tal presencia en el caso humano: “el hombre no tiene naturaleza, sino sólo historia” (diría nuestro compatriota Ortega y Gasset).
¿Es eso así? ¿En qué consiste la NATURALEZA HUMANA?
Lo Natural suele presentarse como lo espontáneo, lo instintivo, lo que no es fruto de deliberación ni de artificio. Pero si pensamos qué podríamos hacer los seres humanos con semejante dotación, le tendríamos que dar la razón a Prometeo y tendríamos que jugarnos la vida para conseguir suplir nuestras carencias dentro del mundo animal. Todo lo que nos hace sobrevivir y además con un rotundo éxito frente al resto de habilidades animales o vegetales, es la creación y el desarrollo de la cultura.
Deberíamos admitir, y así lo hace la Antropología, que somos un animal cultural.
Sin embargo, no siempre se ha considerado esta caracterización como aceptable. Las razones han sido muchas, pero citemos algunas de ellas:
1. el ejercicio de la voluntad exige la necesidad de encontrar sentido a las acciones que vamos a desarrollar y la búsqueda de sentido no puede caer del lado de lo natural, que ya hemos dicho que es arbitrario y que impediría el acuerdo para encontrar Reglas y Valores que dirijan el obrar humano. La naturaleza se opone a la cultura.
2. si nos pretendemos libres, también hemos de vencer el lado natural, instintivo e irreflexivo, que nos haría dependientes de las Leyes de la naturaleza y que impediría la novedad en las respuestas que ofreciésemos a los cambios del medio. La naturaleza se opone a la cultura.
El desarrollo de la Antropología, hace un par de siglos, permitió enlazar estos dos opuestos aparentes y definirnos como animal cultural y todo gracias al estudio de la Evolución del ser humano.
Los seres humanos somos miembros de una especie biológica cuya constitución culmina en la aparición de la Cultura. La evolución del ser humano se hace en un doble sentido: de una parte, hay un proceso evolutivo que conduce hasta la especie biológica humana; de otra, hay un proceso de desarrollo cultural, que es el que nos permite regular de un modo más satisfactorio que el resto de animales nuestras relaciones con el medio físico.
Pues bien, llamaremos * Proceso de Hominización* al conjunto de transformaciones de carácter anatómico y fisiológico que se han ido incorporando al patrimonio genético de la especie humana y que va desde el primer antropoide hasta la parición del Homo Sapiens Sapiens.
Llamaremos * Proceso de Humanización* al conjunto de transformaciones que afectan a nuestra capacidad de relacionarnos con el medio (mediante la invención-fabricación de útiles), con otros humanos (nos desarrollamos socialmente) y que tiene en la capacidad de comunicarnos su principal elemento.
Lo llamativo de estos dos procesos es que se dan de forma paralela y su influencia es recíproca: no hay un avance anatómico o fisiológico que no tenga repercusiones comportamentales y, por lo tanto de desarrollo cultural, y no hay avance cultural que no signifique una adaptación anatómica o fisiológica en la cadena evolutiva de los homínidos (una cerebración mayor hace posible la fabricación de útiles mejores, y ésta, a su vez, actúa sobre la evolución favoreciendo la selección natural de los individuos más cerebrados).

Mis agradecimientos en la confección de este pequeño artículo al blog del compañero Francisco Tejero.

Algunos enlaces que os pueden resultar de utilidad son:
http://profeblog.es/paco/
http://profeblog.es/blog/flu/
http://www.portalplanetasedna.com.ar