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miércoles, 23 de marzo de 2011

El Milagro de la Atención


No hay peor ciego que el que no quiere ver. Para poder distinguir un objeto o darse cuenta de una relación hay que empezar por atender. Quien no presta atención a lo que el profesor explica, no puede enterarse de su explicación. La atención es una apertura a la realidad, una condición de la percepción, del recuerdo, la creación y del entendimiento, pero también puede estar dirigida por la inteligencia.

La atención de los animales depende sobre todo de la intensidad de los estímulos internos o externos, o de sus necesidades y del medio ambiente: el hambre, el ruido de los pasos de un depredador... La atención específicamente humana es un tipo de acción guiada por deseos, pero también por creencias y razones.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

¿Sómos animales racionales?

“Hubo un tiempo en que no pensabas
y, si pensabas, era para reír con los amigos"
I. Gómez de Liaño. Carro de noche, 2010

Que somos animales, parece estar fuera de duda. Nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos. El hambre y el deseo sexual son para nosotros apetitos tan poderosos como los que mueven al resto de nuestros congéneres animados. Pero es evidente que “no sólo de pan vive el hombre”. De la satisfacción de nuestras necesidades fisiológicas (respirar, comer, beber), nacen otras nuevas: seguridad, comodidad, afecto, popularidad, inclusión, comunicación, logro, poder, autorrealización…

Si atendemos sobre todo a por qué hacemos lo que hacemos, o sea, al fenómeno de la motivación humana, debemos aceptar que nuestra conducta está sobre todo ligada a las necesidades de nuestro organismo, a los deseos y a la afectividad: emociones, sentimientos, pasiones, gustos, caprichos, manías...

Sin embargo, al menos en España, pocos cazadores cazan para devorar a sus presas. El psicólogo Allport se percató de que las necesidades secundarias de los humanos no tienen por qué fundarse necesariamente en las necesidades primarias. Llamó a esto el principio de autonomía funcional de la motivación: ciertas actividades acaban desvinculándose de sus motivaciones originarias y autosustentándose, convirtiéndose en fin en sí mismas. Se puede beber por el placer de hacerlo, aunque no tengamos sed, y se puede estudiar por simple deleite intelectual, sin fines utilitarios. Igual, se puede “hablar por hablar”, sin que en realidad tengamos nada preciso o precioso que contarnos. Cazar, estudiar o conversar, se convierten así en actividades funcionalmente autónomas, en actos voluntarios. Para Allport, la autonomía funcional de los motivos superiores es señal de madurez del individuo adulto, que ha sabido crear su propia individualidad y puede tomar decisiones que se sustentan en sí mismas, es decir, libres.

Los niños, como los animales, tienden a hacer lo que les da la gana. El comportamiento por las ganas o desganas, el gusto o el disgusto, o sea, el comportamiento instintivo, es más primitivo que el comportamiento racional, incluso puede que los instintos conserven todavía vigor cuando la racionalidad (de una persona o de una cultura) decae. Cuando adquirimos el uso de razón, organizamos nuestra conducta de acuerdo a fines que la sociedad o nosotros mismos estimamos convenientes: de acuerdo a fines valiosos. Esto exige un cálculo racional. Aprendemos así a hacer lo que no nos da la gana: por ejemplo, nos conformamos comiendo una fruta, en lugar de atiborrarnos con un gran trozo de tarta, en razón de que sabemos que la primera es mejor para la salud y engorda menos… Tal vez por eso, Unamuno llamó a la voluntad "noluntad": capacidad de decir(se) no. El conocimiento es también –para los humanos- un elemento motivador. Tolman ya señaló en 1937 que lo que motiva nuestra conducta son, al menos en parte, nuestras expectativas, nuestros sueños e ilusiones racionales. El ser humano no se comporta sólo por lo que es naturalmente, un animal con instintos y emociones, sino que aprende a regular sus apetitos y afecciones anímicas en función de lo que aspira social y culturalmente a ser: un animal racional o, por lo menos, razonable.

En este sentido, es legítimo definir al ser humano como un animal racional. Se trata de una definición proversiva, de un ideal de conducta universalizable.

Ha habido filósofos (tal que David Hume) que han negado el papel activo de la razón y del conocimiento. Para Hume, la razón puede distinguir entre lo verdadero y lo falso, pero no entre lo bueno y lo malo. Así, el conocimiento de lo nocivo que resulta el tabaco no me impedirá seguir fumando, hasta que no encuentre un motivo o emoción que me fuerce a hacerlo, por ejemplo, el miedo a la bronquitis crónica o al cáncer. Como dijo el príncipe Hamlet, el famoso personaje de una tragedia de Shakespeare: es el miedo lo que nos hace a todos prudentes, no la razón. Por eso concluia Hume que “la razón es y debe ser esclava de las pasiones”.

Sin embargo, en nuestros días, el filósofo norteamericano John Searle (Razones para actuar, 2000) ha sostenido con poderosos argumentos el papel activo de la razón en nuestra toma de decisiones, defendiendo asimismo que la racionalidad, como fenómeno biológico y, por ello, universal, no está necesariamente ligada a una cultura o visión particular del mundo. Al contrario que los simios (nuestros parientes cercanos), nosotros podemos considerar razones y tomar decisiones con independencia de nuestros deseos. Incluso es posible que esas razones sirvan de base para los deseos y motiven sentimientos… V. gr., si creo que alguien vale por lo que hace, es fácil que acabe tomándole afecto o admiración. Nuestras creencias -sobre todo si son coherentes y adecuadas- son poderosos estímulos e incentivos para actuar. La razón no es un simple instrumento de cálculo, sino que también propone y elige fines, escoge a sabiendas entre conductas alternativas, juzga, descubre razones para la acción, independientes del deseo, y hasta crea motivos utópicos, incluso quiméricos.

La racionalidad puede entenderse así como una opción de la voluntad, como una elección del espíritu. Los apetitos y necesidades actúan consciente o inconscientemente. La razón exige conciencia. En realidad, es el yo el que actúa consciente, racionalmente. Por eso los motivos del yo difícilmente pueden ser, al menos conscientemente -sin autoengaño- irracionales.

Claro que tamibén existe la debilidad de la voluntad, el momento en que dejamos de comportarnos como animales racionales, para volver a hacer el bestia o darle gusto al cuerpo…

Comente:


1) “Le coeur a ses raisons que la raison ne connait pas”
                                        Blaise Pascal

2) "Los hombres atienden a su sentimiento y a su interés pero les gusta imaginarse que siguen a su razón; por ello buscan, y encuentran siempre, una teóría que, a posteriori, proporciona un cierto barniz lógico a sus acciones. Si se pudiera reducir científicamente a la nada esta teoría, se llegaría simplemente a que otra teoría sustituiría a la primera, para alcanzar el mismo fin; se servirían de una forma nueva, pero las acciones seguirían siendo las mismas. Por ello, hay que dirigirse necesariamente al sentimiento y al interés para hacer actuar a los hombres y para hacerlos seguir el camino que se desea."
Vilfredo Pareto. Manual de economía política, II, epígrafe 108.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Tercera recapitulación


Filosofía de la cultura


Yendo desde lo genérico (la materialidad y vitalidad animal del humano) hacia lo específico, nos encontramos con la dimensión cultural del humano.

Como sucede con las grandes palabras e ideas de que se ocupa la filosofía (verdad, bien, justicia, belleza, cultura, historia, libertad...), la palabra "cultura" esconde un universo de significados. En mi entrada, intenté delimitar los principales:

1) Su sentido naturalista, general e instrumental: la cultura como memoria social, interpretación del entorno e instrumento de supervivencia y adaptación al medio.

2) Su sentido ideal y metafísico, la cultura como aspiración humanizadora de la realidad, presidida por valores como el bien, la belleza y la justicia, y como horizonte personal de perfección, asociada a la dimensión simbólica y espiritual (inventiva) del humano.

En sentido histórico, la cultura es un proceso de emancipación y despliegue de las aptitudes naturales de los humanos.

La filosofía no sólo aspira a comprender el ser cultural del humano, sino que no debe renunciar a su crítica. El gran problema que compromete nuestra felicidad es la armonización de nuestro ser natural, enraizado en el planeta Tierra, con nuestro ser cultural, el equilibrio entre nuestros impulsos y necesidades básicas y nuestros hábitos sociales. Una cultura -como la actual- basada en el crecimiento "a cualquier precio" y el consumo despilfarrador no resulta sostenible, es decir, compromete la salud del ecosistema y el bienestar de las generaciones venideras.

Admitiendo la necesidad de superar el etnocentrismo, y reconociendo la multiplicidad de culturas y el respeto que debemos a todas ellas, no podemos caer en un relativismo que renuncie al diálogo crítico entre culturas, presidido por la ética racional y conducente a la consecución de una cultura futura cosmopolita, que garantice el fin de la guerra y el equilibrio entre libertad y justicia.

En este sentido, la democracia, la ciencia y la libertad del arte resultan irrenunciables para poder considerar preservable una cultura como verdadera civilización.


Sensibilidad, Inteligencia y Voluntad

La definición del humano como animal racional es simplista. El "corazón" (símbolo de los sentimientos) no encuentra sin la ayuda de la inteligencia, pero la inteligencia no halla sino lo que el corazón busca. Nada puede ser querido si antes no es de algún modo conocido (Nisi volitum nisi praecognitum) pero igualmente es cierto que nada puede ser conocido si de algún modo no es querido. El amor -o la amistad- es condición para que haya verdadera comprensión, sobre todo en las relaciones personales.

No es cierto -como exageró Hume- que la razón nunca nos motive por sí misma y tenga que ser por fuerza "esclava de las pasiones". El libro de John R. Searle, Razones para actuar. Una teoría del libre albedrío, constituye una excelente refutación de esta concepción "inactiva" de la razón. No obstante, es cierto psicológicamente que la afectividad asigna valor a nuestras actividades y regula su energía (mediante el sistema simpático y parasimpático).

Tampoco es cierto, como lo pintan publicitariamente, que el amor tenga por fuerza que ser ciego. Hay amores lúcidos, los mejores, y torpes amores, indignas amistades o pasiones destructivas. Lo bueno es que las emociones sean ordenadas inteligentemente y que la inteligencia crezca al calor de los estímulos emotivos.

Hemos distinguido en nuestras clases el concepto de emoción (un mecanismo de supervivencia): asco, miedo, sorpresa, alegría, tristeza, ira... de los sentimientos, más suaves y asociados a la imaginación, agrupables en constelaciones, y hemos distinguido todo eso de las peligrosas pasiones. Los estoicos -y ciertas filosofías religiosas como la budista- desconfían de cualquier especie de pasión (salvo de la com-pasión) y ponen el objetivo de la filosofía práctica en la liberación del sabio de todas las pasiones, en la búsqueda de la serenidad del ánimo (apatía), de la imperturbabilidad que permite un juicio sereno. Lo cierto es que las pasiones pueden sublimarse y volverse creadoras: pasión por la música, por la ciencia, por la justicia, etc., pero también pueden conducir directamente a la locura (ludopatías, obsesiones, pasiones autodestructivas, etc.).

No debemos renunciar a ser dueños de nuestro corazón y señores de nuestros sentimientos. La apuesta de nuestro libro por una "razón cordial" cuadra bien con la que yo hago a favor de los sentimientos razonables, de los buenos sentimientos, entendiendo por tales aquellos que potencian los tres fines básicos de la acción propiamente humana: salud, felicidad (o alegría) y dignidad. Como decía San Bernardo, la culpa no está en el sentimiento, sino en el consentimiento. No debemos consentir que crezcan en nosotros "resentimientos" tristes, morbosos e innobles.

No es posible desarrollar armónicamente nuestra sensibilidad afectiva, en armonía con nuestra racionalidad inteligente, sin disciplina, esto es, sin voluntad. ¡Ojo a los virus de la abulia, tan asociados al hartazgo consumista! No nos dejemos confiscar la voluntad por los Mass Media que pretenden modelarla, dirigirla, asignarle como único fin el consumo ansioso y apresurado... de sexo, drogas o rock'n roll.

Y es aquí donde, más allá de las determinaciones físicas, biológicas, psicológicas o mediáticas, llegamos a la posibilidad de la constitución libre de la persona, su capacidad autocreadora, inalienable, de la que todavía me queda algo que decir antes del examen final.

Somos cosas, por supuesto, y animales, por supuesto, y ciudadanos sujetos a las normas de un estado, ¡pues claro!, animales sociales (políticos) con cierta propensión a ser solidarios (simpatía) y cierta propensión a ser todo lo contrario (egoísmo), con instintos gregarios y pruritos insociables, pero además aspiramos a ser personas, cada una irrepetible, con rostro propio, única en su intimidad (cualidad superlativa de su interioridad).

¿Qué significa ser persona? Este será el tema de mi última entrada no estríctamente lógica.


Filosofía de la justicia

Virtud de virtudes, objetivo irrenunciable de la política, todo el mundo la exige, pero nadie sabe como conseguirla de verdad... A todos nos cuesta ser justos con quienes odiamos, ¡y lo mismo con quienes amamos!... Maliciosos con los primeros, tal vez consentidores con los segundos. En los tiempos que corren es preciso recordar que -como decía Pascal- sin la espada en la mano, la Justicia, su figura de pesadora ciega, sería completamente irrisoria... ¿Por qué necesita de la fuerza, si decimos amarla tanto?



domingo, 24 de mayo de 2009

Voluntad


La vena creadora de la inteligencia

La voluntad es la capacidad superior del espíritu humano. Un querer orientado por fines y metas. Nuestro querer está naturalmente orientado hacia la salud, la dignidad y la felicidad, pero la voluntad nos permite decidir dónde, cuándo y cómo buscar lo que estimamos bueno. El acto voluntario es así un acto no condicionado, no reflejo, automotivado y, en fin, un acto libre.
Tradicionalmente se ha definido a la voluntad como una facultad específicamente humana que tiene por objeto el bien conocido por la inteligencia.
¿Podemos querer voluntariamente el mal? ¿Es o no es posible la mala intención absoluta? ¿Es de verdad nuestra voluntad libre o sólo se lo imagina? ¿No están nuestras metas programadas por la publicidad y la propaganda? ¿Es o no posible una voluntad asociada a una mala inteligencia de las cosas? ¿Querer es poder? Estos y otros interrogantes no admiten una respuesta fácil ni sencilla.
La voluntad es un concepto filosófico, metafísico, personalista. El contenido de la conducta voluntaria, al contrario que el de la motivación (un concepto psico-fisiológico) es de tipo intelectual y moral, autoinducido, autónomo. La esencia de la voluntad es pues la libertad, el señorío de la persona sobre sus propios sentimientos, pensamientos y actos, que le permite asumir promesas y compromisos. Podemos prometer y comprometernos porque somos capaces de garantizarnos una cierta continuidad no dependiente de los estímulos del medio o de los instintos biológicos (motivaciones).
La voluntad es automotivación inteligente, autocreadora. Y puede interpretarse como el principio activo de la inteligencia, lo mismo que la imaginación es el principio activo de la memoria, y los sentimientos el principio activo de la percepción y la sensibilidad en general. Por decirlo con una analogía física: la voluntad pone el calor y la inteligencia la luz en nuestras acciones propiamente humanas, las que acometemos libremente en tanto que personas, y no por azar o necesidad.
Personal e intelectualmente, podemos inclinarnos hacia la verdad o la falsedad; moralmente, hacia el bien o el mal, lo correcto o lo incorrecto, lo conveniente o lo inconveniente, lo legal o lo ilegal; prágmáticamente, podemos inclinarnos hacia lo útil o lo inútil, lo provechoso o lo estéril; estéticamente, hacia lo bonito o lo feo, lo armónico o lo inarmónico, etc. Estos actos, noéticos, éticos, poéticos o artísticos, son propios de nuestra raza humana, como especie que se esfuerza por dar sentido a su actuar, entender y querer.
Hacer lo que a uno le da la gana no debe ser confundido con el acto voluntario y libre. En efecto, podemos distinguir entre una volición sensible más o menos arbitraria y caprichosa, o asociada a las necesidades y apetitos del animal que también somos; y una volición inteligente, capaz de ordenar dichos apetitos y necesidades, de acuerdo a su mayor o menor valor, regida por el conocimiento.
La volición inteligente es así la capacidad de pretender lo que estimo preferible, y supone una estimativa o, dicho de otro modo, una axiología o tabla de valores. El fracaso de la inteligencia, no depende tanto de la falta de valores, sino de su pobre o equivocada jerarquización, de su mal ordenamiento. Es el caso de quien pone la emoción del juego por encima de su seguridad económica, o el placer de comer y beber por encima de su salud, o el amor por encima de su dignidad personal.
En realidad, indisociable del desarrollo y construcción de la inteligencia, la voluntad se alimenta de la represión de la volición sensible, supone contención y sublimación de los instintos y caprichos, un apresamiento de las energías animales hacia su liquidación o empleo en la persecución y obtención de fines superiores...
Tal vez por eso, el filósofo Miguel de Unamuno llamó "noluntad" a la voluntad, considerándola una capacidad negativa, porque lo propio de la voluntad -si no siempre, muchas veces- es decirle "no" a la gana. Autocontrol.
Al contrario que los animales, los seres humanos tenemos el poder de hacer lo que no nos da la gana, lo que nos disgusta: aplazar la satisfacción, sobreponerse a los instintos, aguantarse las ganas, controlar los estados de ánimo. Estas son las virtudes de la voluntad: la perseverancia, o el no actuar en un sentido para poder hacerlo en otro, el esfuerzo constante, al acecho de un bien superior, la espera, el sacrificio de bienes inmediatos e inferiores, en beneficio de bienes superiores e incluso ilusorios. Este ha sido el esfuerzo vivo de la historia humana. La fuerza de voluntad es nuestra principal ejercía inventora. No sólo la voluntad de sobrevivir, sino la de ser más, la de autosuperación.
Esta extraordinaria dimensión activa de la inteligencia humana para sobreponerse y aguantarse, que también se da, aunque en mucho menor grado, en otros animales superiores, ha sido ilustrada con la asombrosa peripecia del Barón de Münchausen, que se sacó a sí mismo y a su caballo de un barrizal, tirándose de los cabellos (cfr. infra).
La fuerza de la voluntad, en efecto, no parece tener otro fundamento que su propio ejercicio: la disciplina de todas nuestras facultades bajo la ambición creadora del sujeto ejecutivo y personal.

Podemos cansarnos de vivir, pero nunca de desear, al menos si aún nos queda ánimo. Nuestra ambición puede ser infinita, y tal vez no nos conformemos con otra cosa que con ser como dioses, sin embargo, nuestra libertad es limitada y querer no es poder. La voluntad obra milagros, pero dentro del marco de nuestra circunstancia, entendiendo por tal el marco físico, biológico, social, cultural, familiar, histórico... en el que necesariamente nos movemos. Pues aunque nuestra voluntad aspira a lo infinito, nos mueve en un marco espacial y temporal concreto.

Una condición ineludible de la voluntad es la capacidad para proyectar, asociada a la condición futuriza del ser humano, pues somos también lo que queremos ser, lo que ambicionamos ser. En el acto voluntario cobran una relevancia especial las ilusiones, deseos sublimados o reelaborados imaginativa e intelectualmente y que actúan como poderosos excitantes anímicos y tónicos de la voluntad. Vemos que las personas sin ilusiones se desmoralizan, fácilmente se dejan abatir por la pereza, la desidia o la abulia; se muestran entonces incapaces de crear, de inventar su vida, de hacerse o hacer cosas...

Resumiendo: acto voluntario es un acto volitivo no reflejo, porque no está bajo el imperio del estímulo externo; no completamente instintivo (aunque saque sus fuerzas dé lo más primitivo), porque se sobrepone a la gana, sino espontáneo y autónomo, porque está asociado a la inteligencia y al querer personal de un sujeto relativamente libre.

La cosa en sí que somos

El filósofo alemán Arthur Schopenhauer (1788-1860), influido por la filosofía oriental y el budismo, proclamó que todo es representación, encadenada bajo la razón suficiente de la causalidad (¡ojo!, no confundir con casualidad o azar), todo excepto la voluntad, la verdadera cosa en sí, el fundamento del mundo, una fuerza inexplicable pues posee en sí misma su razón suficiente. Su origen es irracional, si bien en las formas superiores de conciencia transforma las causas mecánicas del mundo físico y biológico en motivos racionales.
La voluntad es el principio único, inespacial e intemporal -metafísico-, del universo. La voluntad se despliega en la multiplicidad de representaciones de lo dado en el tiempo y el espacio, así como mi voluntad de coger se despliega en mi mano, o mi voluntad de hablar en el movimiento de mi lengua. Todas las cosas son en sí la misma cosa (voluntad), sólo el espacio y el tiempo individualiza.
Schopenhauer es un filósofo pesimista y ve en la voluntad -como afán perpetuo jamás satisfecho- el origen de todo dolor y todo mal. El carácter fundamentalmente irracional e insatisfactorio del impulso volitivo, del querer vivir, produce el dolor de vivir, sobre todo a quien no es capaz de dominar sus apetencias vitales, a quien no es capaz de convertirse en artista de la vida... La música, por ejemplo, es la revelación de la Voluntad misma, más allá de toda representación espacial, la representación del sentimiento sin la vinculación a los motivos que lo han producido, la pura abstracción del dolor y la alegría y, por consiguiente, la liberación del mal de la voluntad por su serena visión y su dominio.
Pero el arte sólo es un lenitivo provisional. El autoconocimiento lleva al reconocimiento de la identidad esencial de todo lo que existe, a la superación del egoísmo de la voluntad, o sea, a la compasión, pues el dolor ajeno y el propio no son más que modalidades (representaciones) de un mismo dolor.
Frente a la Voluntad de Schopenhauer, que al final cifra toda su esperanza de salvación en la autosupresión, en la resignación y el ascetismo, su discípulo F. Nietzsche cifró la salud vital en la ampliación desmesurada, exuberante, de la voluntad de poderío (der Wile zur Macht).

Fases del acto voluntario

Como análisis del acto voluntario recogeremos las cuatro fases que le atribuyó William James:

1) Representación de un fin o de un propósito: un proyecto para alcanzar, una plan, una meta, de ahí la naturaleza finalista o teleológica de la voluntad: "nihil volitum nisi praecognitum". Como la siguiente, es una fase propia de la inteligencia, presupuesto por el acto voluntario.

2) Deliberación: la inteligencia sopesa los motivos a favor y en contra de la realización del acto, entendiendo por tales no sólo los sentimientos y pasiones, sino también las razones.

3) Decisión: es el acto propio de la voluntad, el fiat, el hágase.

4) Ejecución: Sólo se quiere verdaderamente aquello que se ejecuta. Cuentan los obstáculos y la constancia de la voluntad, pero la verdadera decisión consiste en ejecutar.

Los filósofos Bergson y Sastre criticaron la supuesta prioridad de la deliberación, interpretándola como una "comedia". La decisión -dicen- es anterior a la deliberación, la cual no es sino una justificación o racionalización posterior...

El determinismo

Se pueden aducir argumentos contra la existencia de la voluntad o de la libertad del querer humano desde distintas perspectivas.
Para el psicologismo, los seres humanos siempre se comportan determinados por el motivo o deseo dominante, sea éste un estímulo externo o una necesidad interna. Lo que hacemos no es más que consecuencia o efecto mecánico, que puede ser expresado como una función matemática, si bien la dificultad de precisarla hace que creamos que somos libres o queremos autónomamente, mientras nuestra acción depende de la cantidad y del juego de nuestros impulsos y de los estímulos que los despiertan.
Desde el sociologismo se puede argüir a favor del determinismo que sólo somos efectos de complejas retículas sociales, estamos condicionados por la clase social en la que nacemos, pues no es lo mismo nacer en una pocilga que en un pesebre de plata, tener que trabajar desde la infancia que poder dedicar ésta a la educación, etc.
Desde el biologismo genetista se insiste en la importancia determinante de los genes, el "oscuro azar de los genes", sin tener en cuenta que los genes trazan disposiciones generales que pueden actualizarse o no. Aunque es posible combinar este tipo de determinismo de los genes con el anterior de tipo social, diciendo que las aptitides (genéticas) se convierten o no en hábitos (actitudes reales) en función de las circunstancias sociales o históricas (historicismo).
Caben otros determinismos no cientifistas, sino más bien vulgares o supersticiosos. Es el caso de quien sostiene que nuestros actos están determinados por la situación relativa de los astros actual o en la fecha de nuestro nacimiento ("astrología"), o de quien cree que nuestro "sino" ya está escrito en el Libro General del Hado, en alguna parte del Cielo o del Infierno. Son distintos tipos de fatalismo, religiosos o no.

Quien sostiene que el humano no es libre, priva a este de su dignidad, pues al margen de la libertad, no puede reconocerse ningún tipo de culpa o de merecimiento, de mérito o de demérito. La negación de la libertad de la voluntad tiene la ventaja de volvernos del todo irresponsables. En efecto, si las circunstancias mandan, si no he podido hacer otra cosa que lo que he hecho, entonces de nada vale que el juez me condene por haber robado, violado o asesinado... La culpa se disuelve en una compleja causalidad hecha de factores externos: hormonas, genes, medio social, pobreza, subcultura machista, etc.
Si no somos libres, entonces carece de sentido cualquier sanción, pero también cualquier premio en reconocimiento del mérito a la valía científica, artística, profesional, etc.
La propia explicación científica de los acontecimientos humanos parece presuponer un férreo determinismo. En efecto, la explicación científica objetiva los actos humanos (la ciencia es 'cognitio rerum per causas naturales'), y al hacerlo no tiene más remedio que contemplar nuestras obras como efectos motivados, esto es, como fenómenos causados por otros fenómenos: físicos, sicológicos, sociológicos, históricos, etc.
Pero el ser humano no puede ni debe ser reducido a mero objeto, ¡porque también -como persona- es sujeto, principio causal!
La interpretación del ser humano como causa de sí, esto es, como ser libre, su comprensión como un proyecto, una idea, un ideal regulativo, un valor y, en fin, una meta, escapa al programa del trabajo científico. En este sentido, las acciones humanas no sólo requieren una explicación, sino, más importante, una justificación, que apela a valores trascendentes, más allá de lo que hay, y tascendentales, que hacen posible la creatividad humana en el mundo, el progreso y la historia.
Esta interpretación del humano como un ser capaz de autorregular racionalmente su conducta es la clave del pensamiento humanista, que identifica la libertad del hombre con su superior dignidad frente a las bestias. En el Renacimiento, el pensamiento humanista moderno (Pico de la Mirandola) declaró que el humano es un ser de "naturaleza indefinida" y por ello capaz de darse a sí mismo la forma que quiera según la idea que conciba de sí mismo. Podemos ser mejores o peores que las bestias salvajes, pero no podemos ser bestias salvajes, pues somos responsables, no sólo de nuestro pasado, ya determinado por nuestras decisiones, sino también de nuestro futuro, por el que podemos trabajar. El ser humano capaz de convertir su virtud en su fortuna, tiene que justificar -dar razón ética- de cuanto hace.
Este es el quehacer propiamente humano, como dice Ortega, el de fabricar o "novelar" su vida conviertiéndola en biografía, en obra de arte, historia propia.
La faena de la libertad es dramática puesto que en ella nos jugamos la dignidad, el mérito, el demérito. La posibilidad de elegir bien es también la posibilidad de elegir mal, de equivocarse, de fallar... Por eso nos entra muchas veces pereza y preferimos que otros decidan por nosotros, adoptando la pose -también culpable- de la minoría de edad, de la inmadurez para decidir con conocimiento, por eso todos hemos sentido el "miedo de la libertad" (Erich Fromm).
Desde luego, uno puede optar por ser esclavo de otros o de las drogas, el dinero, la moda, el cargo... ¡Uno es libre de dejar de ser libre o de tirar su libertad por la borda! Por eso se ha dicho que "estamos condenados a la libertad" (Sartre).



Libertad y progreso

La idea del ser humano como ser abierto y en continuo proceso de autocreación o transformación está muy asociada a la idea moderna de progreso, esto es, a la idea de que el ser humano construya su suerte mediante un proceso histórico de emancipación de la necesidad, regido por una cabal idea del bien o un ideal de justicia.
Mediante tal proceso, los seres humanos -varones y mujeres- se harían cada vez más capaces de elegir su suerte, cada vez más capaces y libres, ampliando -mediante su esfuerzo en el tiempo y el espacio- el horizonte de su libertad personal.
Esta concepción progresista de la historia no tiene por qué ser ingenua, en el sentido de que todo cambio sea necesariamente hacia mejor. Puede que el progreso sea errático: dos pasos p'alante, tres p'atrás, cinco p'alante... aunque, globalmente considerada, la historia presente claros signos de significativo progreso, tanto en cuanto a la ampliación de la capacidad de maniobra para conducirnos, como a la ampliación de la conciencia y responsabilidad de nuestras decisiones y actos...
Esta concepción de la libertad y el progreso está asociada a un ideal de ilustración y cultura, pues sólo la verdad nos puede hacer libres, y a una concepción de la inteligencia que no la reduce a un instrumento de las pasiones, ya que -como dijo Kant- sin el progreso ético de la humanidad el progreso técnico no es más que mera lentejuela miserable.
Apostar por la libertad del ser humano y el progreso de la humanidad no significa renunciar a reconocer nuestra esencial menesterosidad, aun en lo espiritual, la fundamental falibilidad de la libertad, pues no somos "superhombres" ni "supermujeres", no somos dioses, ni podemos situarnos más allá de la naturaleza (de la que procedemos) o más allá del bien y del mal (en cuya distinción nos constituimos).
El "voluntarismo" es una exagerada apuesta por las posibilidades de la voluntad, asociado a una concepción individualista y romántica de la naturaleza humana. La libertad no es sólo voluntad, como piensa el voluntarismo, sino también poder, las circunstancias fijan el marco de posibilidades de hecho dentro de las cuales puede elegir. Entre el determinismo y el voluntarismo cabe una exacta comprensión de nuestras posibilidades y aspiraciones legítimas, que respete nuestra capacidad creadora.

Las enfermedades de la voluntad

Lo peor del determinismo mecanicista es que acaba limitando las posibilidades de la libertad, es un prejuicio que acaba por realizarse... En efecto, si los seres humanos tiene una idea de sí mismos como sujetos no libres, condicionados por las circunstancias, las pasiones, los deseos y caprichos, los estímulos mediáticos, etc. acaban comportándose como animales y muñecos teledirigidos. La Internacional Publicitaria es una poderosa tirana de la voluntad, puesto que aspira a disolverla en motivaciones que ella diseña, reproduce y controla. La gente cree que es libre de querer esto o lo otro, pero ha sido condicionada por los monitores. Pues el sistema de producción no sólo produce los medios que satisfacen "necesidades", sino que también produce las "necesidades", lo deseos que se ajustan a los productos que interesa vender.
No es de extrañar que se extiendan en la actualidad la desmoralización general o las enfermedades de la voluntad:

1) Abulia de la deliberación: la de los impulsivos que hacen o compran lo primero que se les antojan, o la de los obsesivos, que se dejan llevar por pasiones o impulsos "irresistibles".

2) Abulia de decisión. La de los indecisos que deshojan una margarita trás de otra, sin decidirse nunca por el bien mayor.

3) Abulia de ejecución. Falta de constancia y energía psíquica para empeñarse en la realización de un proyecto y ordenar los actos a su consecución. Entra también aquí la abulia de los "veleidosos", que cambián continuamente de proyectos.

Comentario de texto

"La operación de la racionalidad presupone que hay una brecha entre el conjunto de etados intencionales sobre la base del cual tomo la decisión, y la toma efectiva de la decisión. Para ver esto sólo se necesita considerar los casos en los que no hay brecha alguna, donde la creencia y el deseo son, en realidad, causalmente suficientes. Éste es el caso en el que, por ejemplo, un drogadicto tiene un impulso poderosísimo para tomar heroína, cree que la substancia que tiene delante es heroína y así, de modo compulsivo, la toma. En tal caso, la creencia y el deseo son suficientes para determinar la acción, puesto que el adicto no puede hacer otra cosa. Pero esto difícilmente es el modelo de racionalidad. Tales casos parecen estar completamente fuera del alcance de la racionalidad.
En el caso normal de la racionalidad, tenemos que presuponer que el conjunto antecedente de creencias y deseos no es causalmente suficiente para determinar la acción. Esto es una presuposición del proceso de deliberación y es absolutamente inevitable para la aplicación de la racionalidad. Presuponemos a continuación que hay una brecha entre las 'causas' de la acción en forma de creencias y deseos y el 'efecto' en forma de acción. Esta brecha tiene un nombre tradicional. Se la denomina 'libre albedrío'. Tenemos que suponer el libre albedrío para que sea posible el embarcarnos en la toma racional de decisiones. De hecho (...), tenemos que suponer libre albedrío en cualquier actividad racional. No podemos evitar esa presuposición, pues incluso el rechazar embarcarse en la toma racional de decisiones sólo es inteligible como tal rechazo si lo consideramos como un ejercicio de la libertad. Para ver lo que quiero decir, consideremos algunos ejemplos. Supóngase que una persona entra en un restaurante y el camarero le lleva la carta. La persona en cuestión puede elegir entre, digamos, chuletas de ternera y pasta; no puede decir: 'Mire usted, soy determinista, C'e será, será. Lo único que voy a hacer es esperar y ver lo que pido. ¡Esperaré a ver lo que causan mis creencias y deseos!'. En tal caso, incluso si tal persona rehusa ejercitar su libertad, todo el asunto es inteligible sólo si lo consideramos como un ejercicio de la libertad. Hace mucho tiempo que Kant señaló esto: no hay manera de liberarse de nuestra propia libertad en el proceso de la acción voluntaria porque el propio proceso de deliberación sólo funciona en contraste con la presuposición de libertad, en contraste con la presuposición de que hay una brecha entre las causas que tienen la forma de creencias, deseos y otras razones del agente, y la decisión efectiva que toma tal agente."

John R. Searle. Razones para actuar. Una teoría del libre albedrío, 2000.