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martes, 9 de junio de 2026

IDENTIDAD Y DIFERENCIA

 

Abejas carpinteras, foto JBL

La mente, tal vez la vida; la vida, tal vez el universo, tengan una rara y hasta inusual propensión al orden. Por mucho desorden que suponga la dinámica térmica y por mucha dispersión que imponga su entropía, es un hecho que estamos vivos y que la vida se ordena en nosotros en la forma inédita de una singularidad orgánica y en otra figura aún más soprendente, la de la autoconciencia. 

La categoría de orden no tiene carácter exclusivamente racional, sino que es también y simultáneamente cuestión de ética y estética. La misma razón pura, razón vacía de contenido empírico, a la que también podemos llamar "razón lógica", tiene fuente “impura”, facultativa, potencial: nace de la idea de orden, del esfuerzo inercial por el orden.

 Para nosotros mismos la apariencia tiene una forma que Kant identificó con el espacio-tiempo y relacionó con la estructura de la imaginación. Espacio y tiempo..., fue Leibniz quien determinó el ser del tiempo como orden de la sucesión y el ser del espacio como orden de la coexistencia. Orden en fin que es también condición expresiva de la inteligibilidad del ser.

Escribe Eugenio d’Ors: 

«Es imposible conocer el Orden sin, a la vez, sentirlo como belleza. Es imposible conocer el Orden sin, a la vez, apreciarlo como un Bien. Diríamos, con más propiedad que, en rigor, es imposible conocer el Orden... La realidad aquí no es propiamente conocida, sino pensada; es decir, creada. La actividad sigue siendo la garantía de la verdad. Los términos del juicio están hechos, como quien dice, de igual substancia que su cópula» (1)..

Es increíble, ¿verdad?, lo bien que funciona el cerebro de muchos locos, porten o no galones, insignias o tiaras. Es sorprendente cómo todas las impresiones e ideas se ordenan a partir de un sólo principio en el caso de los maníacos orates, de los obsesos paranoides. Falla en ellos la objetividad -me diréis-, la adecuación referencial, pero ¿dónde está la frontera entre la clarividencia y la locura? Incluso la locura es cuestión de orden, a veces, es consecuencia de un exceso de orden, de una malsana voluntad por dominar y ordenarlo todo...

         -Maestro, ¿qué es el “volapuk”?

         -Mi querido saltamontes, el “volapuk” es la lengua universal.

         -¿Y quién lo habla, maestro?

         -Nadie.

El “volapuk” es como el principio “fuerte” de identidad (P<=>P) o como el principio de no contradicción ¬ (P & ¬P). Ambos son la norma universal de todo pensar y de todo decir, las reglas generales de la razón. Sólo que nadie está tan loco como para ajustarse en la práctica (o en la práctica teórica) a ellas.

Todo pensamiento práctico --no digamos el pensamiento místico tan amigo del oxímoron-- se organiza según una fórmula menos rigurosa que la del principio de identidad o de no contradicción. Ante el tribunal de la inteligencia (que no es sólo razón, sino también imaginación y acción... y hasta sentido del ritmo -sentido del orden, en fin-), la verdad es que el pensamiento debe acogerse a mil variedades de operación mental no susceptibles de encajar en el estrecho lecho de Procusto de la lógica pura.

Estoy de acuerdo con D’Ors en que debemos al “idealismo objetivo” de Shelling y Hegel, en nuestra tradición europea, el desarrollo de un pensamiento sistemático organizado con independencia del principio de no-contradicción (al que algunos, incluido el propio don Eugenio, llaman, nunca he sabido por qué, “principio de contradicción”).

Hegel criticó el principio de no-contradicción en su fórmula ontológica de principio de identidad “A=A”, cifra y fundamento de todo razonamiento deductivo o de toda mecánica analítica. Eugenio D’Ors sintetiza admirablemente su demostracción:

Interpretemos la fórmula. Digamos, por ejemplo, “una rosa es una rosa”. Si reflexionamos un poco sobre dicha proposición, en seguida repararemos en que aquí no hay un pensamiento (ni una acción informativa o comunicativa). Lo que hay es una tautología, un “truismo” o una verdad de Perogrullo, o sea, una tontería. Pero pasemos ahora al extremo contrario -ese que reivindican algunos como novedoso objeto de la novedosa y revolucionaria “parafísica”-. Supongamos una proposición en que se representa una diferencia del tipo “¬ (A = B)”, por ejemplo, “una rosa no es un piano” o incluso “esta rosa no es aquella rosa” (¬ (x = y)):   Así como aquella proposición no era un pensamiento todavía, ésta ya no es un pensamiento. Es una impertinencia, una irrelevancia, una tontería también.

En conclusión: mientras no exista entre los dos términos relacionados una base de identidad, a partir de la cual se establezca la diferencia, no hay pensamiento.

Todo pensamiento real, es decir, todo conocimiento, está situado entre estos dos límites extremos. Todo aserto consistente contiene en su fórmula, a la vez, la identidad (1) y la diferencia (0), suponiendo siempre, ya una base de diferencia sobre la que se afirma la identidad, ya una base de identidad sobre la que se afirma la diferencia. Por eso la comparación (por mucho que el pueblo la llame “odiosa”), resulta el instrumento imprescindible de la comprensión. Porque toda proposición informativa corresponde a un acto intelectual subjetivo o a un cambio creativo en el dinamismo de la realidad. La posición de un electrón es relativa a su conocimiento. El universo también tiene historia. Los términos sólo viven por la fuerza de la cópula cuyo contenido comprensivo es nada, cuyo contenido extensivo es todo.




El pensamiento se construye entre aquellos dos absolutos de la tautología y la contradicción, de la identidad y la diferencia, del dogmatismo y el nihilismo. Cada vez que juzgamos reconocemos el bien y el ser y a la vez reconocemos que el mal, el hueco, la nada, ya estaban ahí, en el propio sentido del lenguaje que habitamos, antes de que nosotros pensásemos o dijésemos algo.

No podemos ir más allá, no podemos por ejemplo, como pretendería la “parafísica”, si no la he entendido mal, decir que la Identidad es diferente de la Diferencia; ni podemos decir como pretendió Hegel: que la Diferencia y la Identidad son idénticas, pagando el precio de disolver la mutua interdependencia de ambas categorías metalógicas a favor de una instancia totalitaria superior a ambas (y que además se confunde en el mismo nivel de lenguaje con las primeras: en todo caso, en ese otro nivel de lenguaje, la Identidad y la Diferencia serían Idénticas y no Idénticas...).

El pluralismo radical, que niega la identidad en la diferencia, acaba dando al traste con la inteligibilidad de lo real, tendría por tanto que callar y limitarse a contemplar la singularidad irreductible a especie, tendría que inventar un nombre para cada cosa, cada cosa que ni siquiera es cosa, porque se esfuma su identidad en cuanto la nombramos.

Pero el panlogismo de la identidad también destruye la posibilidad de la ciencia y del pensamiento, al desconocer lo otro que la razón (la figuración: la imaginación y la acción) en el mismo acto de entender. El panlogismo de la Identidad Absoluta tendría que callar porque sólo tiene un nombre, sólo un concepto, y no hay juicio significativo con un solo término, no hay música posible con un instrumento que suene siempre la misma nota, como aquella trompeta rusa.

Hay por tanto que limitarse a reconocer la imposible disyunción en absoluto de la identidad y la diferencia, pues en lo intelectual, como en lo moral, la verdad, como el bien y la belleza, no podrán, no podrían existir sin un coeficiente relativo de contradicción interna. Belleza, Bien y Verdad sólo se nos ofrecen en grados (2).

Notas

En El secreto de la Filosofía, tecnos, 1998, pg. 217.

(2) Sobre este asunto puede también verse mi artículo: “Dialéctica de la plenitud”, Revista de Filosofía, Univ. Complutense, nº 24 (2000).


viernes, 12 de noviembre de 2010

Imágenes y saber narrativo

Por muy elevados que no resulten los ideales y por muy intelectuales que puedan resultarnos las ideas, hay que saber y aceptar que no se puede pensar sin imágenes.
Pero ya hemos explicado que la palabra "imagen" es ambigua. Significa al menos tres cosas:

1) Percepto, impresión sensible, en la que se estructuran y amalgaman sensaciones diversas de lo presente (cualquier fenómeno).
2) Recuerdo, imagen representada o representación de lo ausente, más débil y pobre en detalles que el percepto, que puede ser tan creativa que se convierta en una perfecta fantasía.
3) Icono: imagen objetiva, estática, como un cuadro de Tiziano, un cartel publicitario o un poster de Madonna. Si el icono es venerado como algo sagrado (la imagen o la camiseta de Ronaldo, el look de Lady Gaga, por ej.), o se le atribuyen propiedades mágicas, entonces hablamos de un ídolo o de un fetiche. Y pueden congregar en torno suyo a grandes multitudes, como pasa en Lourdes o Fátima. En movimiento, las imágenes conforman el transcurrir del cine, las series de televisión, el videoclip, los anuncios publicitarios, los documentarles, etc.

La educación más elemental depende de imágenes, más que de palabras, de ejemplos vivos, más que de lecciones magistrales. Personalmente, como identidades personales, nos contituimos  más fundamentalmente en el saber narrativo que en el saber científico. Las leyendas, mitos, cuentos, relatos imaginativos, parábolas y chistes, pelis y espectáculos, conforman nuestro inconsciente y predisponen nuestra conciencia, nuestra forma de valorar, de temer y de esperar, nuestros sueños y expectativas.

Somos un animal simbólico e icónico, más genuinamente que un animal lógico. Nuestra personalidad moral, tanto consciente como inconsciente, depende de imágenes más que de razones, pues las imágenes tienen la capacidad de concretar y particularizar los valores abstractos y genéricos y, sin embargo, son polisémicas, siempre pueden significar otra cosa de lo que representan, tienen un valor simbólico: expresan y sugestionan. Las imágenes provocan vivos efectos de identificación y proyección, penetran en los fondos afectivos que activan y motivan la conducta. Las mismas palabras están cargadas de connotaciones imaginativas y a menudo depende de la escena o imagen asociada a tal o cual nombre el que lo veamos como algo positivo o negativo, "bueno" o "malo".

Sobre este importante asunto propongo tres enlaces al lector atento:
  •  una entrada del curso 2008 sobre La Sabiduría (e insidia) de los cuentos.
  • una presentación tipo power point que resume lo principal.
  • el texto de una conferencia pronunciada en Jaén y publicada en El Toro de Caña 10, una revista etnográfica, en 2003. Y que encontrarás en un site feminista: Todas.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

La sabiduría de los cuentos y el animal simbólico


Los límites del conocimiento científico. El pensamiento utópico y los saberes humanísticos

Nuestra identidad personal está hecha de la etérea sustancia de los sueños. Nuestras facultades representativas median entre la experiencia sensible y los trabajos de la inteligencia. La imaginación y la memoria colaboran con la razón y la experiencia en la elaboración de un pensamiento simbólico que nos constituye tan esencialmente -si no más- que nuestros conocimientos científicos -si es que los tenemos-.

El ser humano no tiene sólo vida, sino que se inventa una biografía. Y en nuestra biografía no importan tanto nuestras experiencias sino el modo en que las recordamos, las contamos y transformamos, convirtiéndolas en vivencias.

Los cuentos, las leyendas, las parábolas, los mitos, tienen un valor universal y vivencial, pues nos prestan herramientas imaginativas para la comprensión, construcción, conservación y transformación de nuestra identidad social. "Esas cosas, que no sucedieron -escribía Salustio- son para siempre", por eso han sido siempre tema obligado de artistas de todas clases, en todas partes.

Edipo, don Quijote, la madrastra de Blancanieves, el buen samaritano del Nuevo Testamento, don Juan Tenorio, Spiderman o ET, sobrevivirán a nuestras limitadas existencias. Las ilusiones cuentan como estimulantes de la inteligencia y de la acción, que orientan. Nuestras creencias sobre los orígenes y el destino dependen de relatos. También nuestras convicciones morales más profundas. Como recordaba el poeta León Felipe: la cuna del hombre siempre la han mecido -y la mecerán- con cuentos.

El pensamiento simbólico tiene un valor vital, estético, moral y educativo. Interesa, por tanto, a la filosofía. Pero también puede ser una fuente de alienación y de engaño. La tele, sin ir más lejos, esa "niñera electrónica", es un cuentacuentos activo las 24 horas del día, los 7 días de la semana. Todos sus relatos están dominados por el metarrelato de la publicidad y la propaganda. Su retórica establece el mito de la soberanía del consumidor, y mediante halagos nos estimula incesantemente a buscar con prisas la felicidad en el éxtasis del consumo.