Entre el despiojamiento mutuo de los bonobos y el imperativo
categórico kantiano, entre el canto del ruiseñor y una sinfonía de Mozart, entre
las selvas y los trenes de alta velocidad, puede que no haya un “abismo
ontológico”, pero sin duda hay una gran distancia de complejidad y sentido. Si
la racionalidad ha dejado de ser una característica específicamente humana, bien
porque hay racionalidad e inteligencia (al menos inconscia), en las acciones de
los animales e incluso en los movimientos de hongos y plantas, bien porque el
hombre no es tan racional como presume, entonces hemos de buscar otras
características y propiedades que expliquen las diferencias entre la complicada
vida civil de una gran urbe y la férrea y reiterada organización de un
hormiguero o de una colmena.

