Se ha dicho con motivo que el mundo medieval en que triunfó el cristianismo no era teocéntrico, sino infernocéntrico. En efecto, no tenía por centro a Dios, sino al Diablo y su reino infernal, que la superstición situaba en el mismísimo interior del planeta Tierra. Al Cielo ascendía el alma en gracia de Dios abandonando este “valle de lágrimas”, expresión esta con que cierra Rojas La Celestina, mostrando que su tragicomedia es todavía más trágica que cómica, más medieval que renacentista. Al infierno descendían los espíritus corrompidos por el mundo, el diablo y la “carne” (gula y lujuria), o sea, por los siete pecados capitales.
¡Ya se sabe que todo lo que nos alegra, o engorda o es pecado!
