En El origen del
hombre (1871) Darwin dejó escrito que no hay “ninguna diferencia
fundamental entre los mamíferos superiores en sus facultades mentales”. Son ya
pocos los antropólogos y filósofos que abren un “abismo ontológico” entre la
mente humana y la mente animal. No obstante, si las diferencias entre la
inteligencia animal y la humana son de
grado y ninguna de ellas es absoluta, lo cierto es que las diferencias de
comportamiento entre los animales más parecidos a nosotros, los primates, y las
costumbres humanas, son extraordinarias, aunque sólo sea por el hecho de que trabajamos
y nos vestimos y que con nuestras capacidades y actuaciones ponemos en riesgo
la propia supervivencia de la inteligencia en el planeta Tierra, con opción de provocar intencionalmente la extinción de nuestros parientes, o su conservación.
Entre el despiojamiento mutuo de los bonobos y el imperativo
categórico kantiano, entre el canto del ruiseñor y una sinfonía de Mozart, entre
las selvas y los trenes de alta velocidad, puede que no haya un “abismo
ontológico”, pero sin duda hay una gran distancia de complejidad y sentido. Si
la racionalidad ha dejado de ser una característica específicamente humana, bien
porque hay racionalidad e inteligencia (al menos inconscia), en las acciones de
los animales e incluso en los movimientos de hongos y plantas, bien porque el
hombre no es tan racional como presume, entonces hemos de buscar otras
características y propiedades que expliquen las diferencias entre la complicada
vida civil de una gran urbe y la férrea y reiterada organización de un
hormiguero o de una colmena.